Vivo en revolución ; por Luis Vicente León

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mayo 01
/ 2016

Cuando tengo la oportunidad de viajar, me impacto con las cosas que al resto del mundo le parecen cotidianas y normales. Los avances de la tecnología que permiten a la gente comunicarse con eficiencia y seguridad —bueno, incluso extraño el simple hecho de que les funcione el roaming). Comprar lo que necesitan a la vuelta de un click. Pedir un taxi en una aplicación y mirar en el teléfono por dónde viene el bicho y cuánto se va a demorar. Estacionar y pagar con un texto o comprar un café y un chocolate escaneando tu pantalla del celular.

Me emociono con los éxitos académicos de los niños y jóvenes, incluso aquellos que tienen problemas de aprendizaje, ahora debidamente detectados, atendidos y superados en colegios y universidades impresionantes (con presupuesto), donde no sólo se imparte el conocimiento, sino se crea y se difunde. Me emociono con los avances de la medicina, que se notan en la infraestructura, el equipamiento, los fármacos (que sí hay), la preparación de profesionales (que no se van) y en los resultados mirados en la esperanza y la calidad de vida.

Me impacto con la infraestructura y los servicios (no hay cortes de luz) eficientes y planificados (invierten, y no se roban los reales para prepararse ante cualquier eventualidad). Me emociona tomar agua de grifo sin temor y, si no, tener mil opciones de agua mineral, cuyo precio cubre los costos y, entonces, hay. Me maravilla el avance de la infraestructura (no va el Presidente a inaugurar un viaducto, como gran cosa, porque el otro se cayó y dejó una trocha por años). Aprecio la importancia que dan al diseño y la belleza en la vida cotidiana. Los parques en el medio de la ciudad que la hacen más humana y amigable.

Me dejan perplejo las vidrieras repletas de productos, que me hacen pensar en las cadenas de producción que se encuentran detrás de ellos moviendo la maquinaria industrial, de servicios, de distribución y mercadeo por todo ese país, casi cualquiera que este sea.

Me emociona ver los debates políticos en canales libres y sin autocensura. Ver al partido de gobierno presentando verdaderas cuentas en el Parlamento, al que respetan su función constitucional. Piden permiso para nombrar un ministro o un magistrado, lo que buscan es nombrar los mejores y evitar que se cuele un ladrón conocido o un criminal convicto. En el mundo normal, los candidatos están obligados a enfrentar sus ideas públicamente, a responder sobre su pasado y su presente, a explicar cómo piensan resolver los problemas, qué piensan sobre temas complejos, que van desde el trato al ambiente hasta el matrimonio y la adopción homosexual.

Me impacta entrar en un supermercado y ver los anaqueles llenos de leche completa, descremada, deslactosada, descalcificada, “deslechada”, en cartón, en botellita plástica o de vidrio, en Tetrapack o en bolsita. Mirar las neveras llenas de productos y marcas. Pasearme por el pasillo de papel tualé y decidir si quiero llevar el de dos, cuatro u ocho hojitas por cuadrito, con ositos, rayas o rombitos, aunque la envidia más profunda… es que hay.

Me alegro por los padres que no tienen que bloquear la vida de sus hijos porque ahí no temen que los asesinen o secuestren cuando van al cine o una fiesta de amigos; que no se planteen el tema de que es mejor que abandonen su país porque este no les brinda futuro, ni seguridad ni modernidad ni felicidad.

Me encanta ver cualquier país donde la gente puede progresar, estudiar, mejorar, surgir, comprar su casa y su carro y mantener su familia con un sueldo normal.

¿Y cómo no me van a emocionar, sorprender y maravillar esas cosas? Yo soy venezolano… y me tocó vivir en revolución. Aunque me queda claro, como a la mayoría del país, lo que hay que cambiar.