Tierra de Gracia ; por Laureano Márquez

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abril 29
/ 2016

Esta página lleva por título “humor en serio”, sin embargo, cada vez se le hace más difícil a quien esto escribe transformar en gracia, la amargura que se nos ha instalado a los nacionales de la “pequeña Venecia” en el alma. ¿Hasta dónde podemos llegar en esta sostenida caída?

Si Venezuela fuese un ser humano, ya habríamos tenido que buscar un cura para administrarle los Santos Óleos, pero no lo es, el agravamiento de este paciente puede ser infinito. Sin embargo, estamos llegando al punto en que la paciencia se agota, los ánimos se caldean y la cordura cede paso a la rabia acumulada que se desata sin límites en un pueblo que ha sido llevado a los límites de la desesperación.

Al momento de escribir estas líneas estoy en medio de una gira de mi monólogo Sit Down por los Estados Unidos. Me encuentro con los venezolanos que están acá, me conecto con las historias de cada uno. Son muchas y hasta las de final feliz están llenas de dolores y amarguras: ingenieros graduados con honores que limpian apartamentos, abogados brillantes que manejan uber, compatriotas que comen con tickets del gobierno gringo y geólogas de un país que las preparó para explotar sus recursos que se han vuelto famosas aquí haciendo paellas.

Las mentes más brillantes de PDVSA están fuera contra su voluntad, aun cuando estén regentando compañías exitosas que -dicho sea de paso- asesoran a nuestra competencia o en altos cargos en empresas de renombre mundial, sueñan con hacer próspera la única industria petrolera cuya ruina les rompe el corazón, cuyo destino perciben atado el de su país.

A estos gringos que tanto odiamos le entregamos en bandeja de plata la flor y nata de nuestra principal industria (también a Noruega, Colombia, Escocia, entre otros). Si esto no es traición a la patria, que alguien me explique qué cosa es acabar con la mayor riqueza de cualquier país: su inteligencia. Hijos de venezolanos crecen sin sus abuelos y por tanto sin sus tradiciones, hablando español con acento y llamando tíos los amigos venezolanos más cercanos, porque a sus verdaderos tíos nunca los verán.

Sigo desde aquí las noticias de nuestra tierra. No puedo hacer otra cosa, exprimo al máximo cada conexión de wifi para ponerme al día. Dos semanas lejos me parecen un tiempo infinito, el empeoramiento del país es algo que ya sucede hora a hora, minuto a minuto. Temo no reconocerlo a la vuelta. Cada día que amanece, un nuevo fracaso nos espera. Dentro de poco habrá cárcel para el que se atreva a trabajar o para el que quiera producir honestamente.

“Tierra de Gracia” fue nuestro primer nombre. Aludía a las bendiciones que halló Colón en nuestro territorio cuando tocó el continente americano por primera vez (y eso que él no sabía que nuestro verdadero oro era negro). Tenemos todo para ser felices, clima, ríos, minerales, tierra fértil y encantos turísticos, sin embargo, somos en este momento uno de los fracasos más lamentables de la historia universal, a merced de una banda de malandros que atracaron a toda una nación y la dejan no solo en la más infame ruina económica que gobierno alguno haya provocado en la historia nacional, sino herida en el alma, destruida moralmente.

¿Cómo vuelves a instalar en la mente nacional que solo el trabajo produce riqueza? ¿Cómo le dices a los bachaqueros -de Petare y del Country Club- que “tierra de gracia” no es forrarte de billete corrompiéndote? ¿Cómo brindas inteligencia a un pueblo cuyo embrutecimiento ha sido diseñado por un par de abuelitos simpáticos con los que todo el mundo quiere sacarse fotos?

Veo a mi gente viviendo en esta tierra ajena, fría, inhóspita cultural y climáticamente para uno y me pregunto: ¿Cuándo?,¿en qué momento mi patria dejó de ser “tierra de gracia” para transformarse en esta desgracia?