Terapia intensiva ; por Laureano Márquez

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febrero 05
/ 2016

Para que se entienda:
El paciente está mal. Es un fumador crónico, tiene enfisema, hipertensión arterial, arritmia cardíaca y los riñones no están trabajando. El individuo continua fumando y atribuye los cada vez más frecuentes ataques de tos que le ahogan al producto que usa la conserje para limpiar el ascensor. Come chicharrones dos veces al día y se empuja una botella de ron cada 24 horas. Asegura que no está borracho, sino que ese ron viene adulterado por esos negociantes de la caña. No cree que tiene el colesterol alto, sino que en el laboratorio siempre alteran malintencionadamente los valores cuando se lo miden, porque lo que quieren es quitarle plata haciéndose exámenes todas las semanas. Su barriga, desde su punto de vista, no es de grasa acumulada, sino son sus abdominales que están hiperdesarrollados. Según él, no tiene cirrosis, sino rastros de una hepatitis que le dio cuando era joven, antes cuando no se cuidaba. Los amigos más cercanos le dicen que tiene razón, que siga así que va por buen camino, que se divierta y disfrute la vida. No quiere visitar al médico porque él se siente bien, porque y que cuando uno va al matasanos lo que hace es enfermarse más. Dice que en su casa le tienen declarada una guerrita sanitaria de que si sigue por esa camino va pelar bolas, pero eso es porque le tienen rabia y envidia de lo bien que él lleva la vida con un equilibrio que nadie en su casa valora. Cada vez que alguien le dice algo, el acusa a sus familiares de vendidos. Paso por unos años de bonanza económica, le entró cualquier cantidad de billete, pero se quemó esos reales en caña, juego y mujeres. Invitaba a beber a todos sus amigos y les pagaba las cuentas, esos mismos que hoy, cuando anda arruinado, ni le atienden las llamadas. Ve enemigos por todos lados, según él, todo el mundo lo quiere embromar. No se alimenta de manera balanceada. No quiere hacerse examen de próstata porque él es muy macho para esas cosas. Los valores del antígeno prostático están elevadísimos, pero él no cree en eso, son cifras manipuladas. No hace ejercicio nunca, porque el ejercicio hace daño, cuando en verdad lo que tiene es atrofia muscular del sedentarismo. Los pleitos en la casa son cada vez más frecuentes y el reacciona violentamente insultando y golpeando a todo el que se le enfrenta. Acusa a su esposa de ser la responsable de los golpes que le da, porque ella malintencionadamente coloca su rostro en la trayectoria de su puño.
¿No se ha topado usted, lector, con personajes de estas características del que uno se pregunta cómo puede continuar por este camino suicida, mientras acusa a los que tratan de echarle una mano de querer acabar con él? Irremediablemente, un paciente en este estado colapsará en algún momento y más temprano que tarde terminará en terapia intensiva.
¿Cómo salvar a un paciente cuyo principal enemigo es él mismo?
Cuando el doctor haga un tratamiento para los riñones, afectará el corazón y cuando trate de medicarle para la tensión, el hígado se va a resentir. Ayudar a un paciente así, requiere de una labor de malabarismo clínico, para restituir su equilibrio. Mientras más tiempo pase llevando la mala vida que defiende como buena, más intenso será el tratamiento que le vendrá, más doloroso. Como suele suceder en estos casos, la que paga es la familia. El hijo tendrá que dejar la universidad porque no hay como pagar la matrícula y la esposa el trabajo para cuidarle. Habrá menos comida en la casa y sobrevendrán dificultades para todos los miembros de la familia.
Este es el estado del paciente. Se acerca a la extrema gravedad. La gran diferencia entre un paciente y un país, es que estos pueden empeorar infinitamente. Estamos ya a las puertas de la terapia intensiva, con el agravante de que es de un hospital público, los médicos no tienen insumos y en la emergencia están atracando.
Gracias a Dios José Gregorio es venezolano.

TC