¡Revelador! Salud Hernández recuerda a detalle el calvario que vivió durante secuestro

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mayo 31
/ 2016

La reportera española del diario El Mundo publicó un artículo en primera persona donde recuerda sus siete días como prisionera del grupo armado colombiano

Tras pasar siete días en manos de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la reportera española Salud Hernández publicó un artículo en el diario El Mundo donde narra, en primera persona, cómo vivió su cautiverio.

A continuación, el texto completo de Hernández:

Llego a El Tarra el miércoles por la mañana, en una tartana, por carreteras de tierra. El pueblo, enclavado en el Catatumbo, región selvática y montañosa, fronteriza con Venezuela, sobrevive del cultivo y procesamiento de coca. Lo encuentro alborotado por la desaparición de dos jornaleros. Sus familiares señalan al Ejército como el culpable. Bloquean las salidas para obligar a buscarlos.

Aunque hay policías, jamás abandonan su cuartel por temor a que los maten. Tampoco el Batallón, situado a la salida de la localidad, impone autoridad alguna. El mando y control lo ejercen las FARC, el ELN y el EPL.

JUEVES, 19 DE MAYO

Concentración en la plaza de distintos movimientos sociales para concertar acciones que ayuden a dar con los dos ausentes. Miembros de las asociaciones campesinas ASCANCA y CISCA me tildan de “periodista manipuladora” porque en el pasado escribí de sus nexos con FARC y ELN. Discutimos. Por la tarde intentan prohibirme hacer fotos y me recriminan que entrara a El Tarra sin permiso. Volvemos a discutir, casi a gritos. A la misma hora están velando a un chico de 22 años que asesinó el EPL ese día. Quería dejar las armas, volver a su hogar, y no lo permitieron. Nadie osa protestar por el crimen. La ley del silencio es la única garantía para seguir vivo.

VIERNES, 20 DE MAYO

A las 7.45 horas, en una calle solitaria, dos guerrilleros me obligan a subirme a su moto y aparcan metros más adelante. Se presentan como integrantes del ELN. Preguntan por qué peleo con las asociaciones. Me quitan cámaras, grabadora, documentos, cuadernos, memorias UBS etc. “Revisamos todo y esta tarde o mañana se lo devolvemos y de pronto puede hablar con el comandante. No puede salir de la plaza. Tenemos gente vigilándola”. Pienso en comunicarme con Bogotá, pero siempre siento ojos controlando. Hago una llamada rápida al diario ‘El Tiempo’, por temor a que puedan tomar represalias contra quien me preste el móvil, para advertir que no mandaré la columna. “El lunes les explico”.

SÁBADO, 21 DE MAYO

A mediodía se me acerca un chico. “Suba a esa moto con su equipaje. Le van a devolver lo suyo y sigue a Cúcuta [capital de Norte de Santander]”. Recojo mi equipaje y abordo la moto. Una hora más tarde llegamos al caserío Buenos Aires, sobre el río Catatumbo. Cambio dos veces más de moto. Sobre las 15.00 horas damos con el comandante ‘Marcos’.

“Se va a quedar unos días con nosotros. Me llevo lo suyo y ya le traemos ropa. ¿Qué número tiene para las botas?”. Protesto por el secuestro. “Es un error lo que hacen. Si usted me cita, yo vengo encantada, pero así solo conseguirá reproches. Fui idiota al fiarme de ustedes”, replico.

Da media vuelta y me deja con dos hombres armados, en un bosque. Por la noche me trasladan a una choza de madera con una cama. Ocho guerrilleros vigilan fuera. ‘Marcos’, que dice conocer mi trabajo, dedica unos minutos a hablarme de revolución, de abandono estatal, de multinacionales gringas que quieren chupar la sangre del Catatumbo.

“Secuestrar a una reportera es un error. No voy a cambiar de opinión frente al ELN”, digo. “No le veo sentido”.

“Haremos un gesto humanitario devolviéndola con el CICR [Comité Internacional de la Cruz Roja]”, responde. Quedo más perpleja.

DOMINGO, 22 DE MAYO

Temprano, me llevan a una casa de labriegos. “No converse con ellos”, advierten. Al caer la tarde salimos hacia el río. ‘Marcos’ insiste en que harán una demostración de humanidad del ELN entregándome más adelante el CICR. “¿No será que me matan?”, pregunto. “No, la vamos a entregar”, insiste. Comenta uno de los artículos que ha leído en una de las memorias que me quitó. Es sobre alias ‘Gabino’, líder del ELN. “Dice usted cosas terribles sobre él”, opina. “Y eso que no ha leído ni la mitad”, contesto.

Quedo en manos de cuatro guerrilleros armados, dos de fusil y dos con pistolas 9 milímetros. Abordamos una lancha y surcamos el Catatumbo una hora. Pernoctamos en una casa abandonada.

LUNES, 23 DE MAYO

Escuchamos helicópteros por la tarde. Corremos a escondernos en uno de tantos sembradíos de coca que abundan en la región. Oscurece y a lomos de mula, que proporciona un miliciano, partimos. Tras un recorrido tortuoso de varias horas, por una trocha abierta entre abismos, arribamos a una casa solitaria. A las 2.00 horas oigo helicópteros cerca. Salvo el de guardia, los tres guerrilleros que me vigilan, duermen en hamacas. A las 3.55 horas me sorprende un despertador. La salida estaba prevista a las 4.00. Como trabajadores citadinos, apuran los últimos instantes de sueño antes de ponerse en pie y reanudar la marcha.

Llegamos a otro rancho abandonado. Deben entregarme a una comisión. Pero no hay nadie a la vista. Pasan las horas. Consigo entablar conversación. El más joven, de 16 años, tiene cara de crío. Entró al ELN por su tía y su madre, también guerrilleras.

“Si viene la plaga [Ejército] nos damos plomo”, reta, apretando su AK 47.

Admite que nunca entró antes en combate, lleva sólo tres años con armas. Antes realizaba otras labores. Su compañero, de 17 años, salió a un caserío de los alrededores, a comprar comida. Están muertos de hambre. Regresa con arroz, lentejas y pasta.

Tampoco sabe de guerras, sería la primera vez en enfrentarse al Ejército. “¿Qué harás si llegan muchos?”, quiero saber. “Ahí vemos”, indica.

El tercero está a punto de cumplir 20. Limpia a conciencia su pistola 9mm. “Usted, doña, pida lo que necesite”, ofrece.

El jefe del grupo, que ronda la treintena, admite estar preocupado porque el punto de encuentro es vulnerable si aparecieran los soldados. Pide que nos mantengamos bajo techo por el avión fantasma que surcó el cielo. “Reconozca que con esos tres jóvenes no podría defenderse”, le digo. Hace un gesto de resignación y se aleja.

Cae la noche y arriban tres subversivos montando mulas. Los cuatro guardianes respiran aliviados. Me entregan y desaparecen.

A ciegas, guiados por los animales, en silencio, cruzamos montañas con el nuevo grupo. Nos internamos en la selva hasta un punto en el que damos con un grupo de guerrilleros. Han preparado hamacas amarradas a los árboles bajo plásticos negros. “Ahí duerme usted”, y señalan una.

MIÉRCOLES, 25 DE MAYO

A las 3.30 horas recogen el campamento y me dejan con tres guardias bajo unos arbustos. Observo el ir y venir de un enjambre de guerrilleros. Ninguno quiere charlar conmigo. A última hora de la tarde, salimos los cuatro. Cruzamos un río y seguimos a pie hasta dar con tres motos. Nuevos carceleros. Recorremos un largo trecho y atravesamos a toda velocidad dos caseríos. Cambiamos a un todoterreno y luego a otro con platón. Flanqueada por guerrilleros, con fusiles, volamos al siguiente punto. Es noche cerrada, sin luna. De la mano de un subversivo, caminamos deprisa hacia una casa de madera, habitada por una familia. Por las voces adivino dos niñas pequeñas, la menor con lengua de trapo, vivaracha y corretona, que debe estar muy mimada porque monta pataletas en cuanto le niegan algo; dos mujeres y un campesino.

Los guerrilleros me encierran en un cuarto con una colchoneta y un par de sillas de plástico. Antes de echar el candado, me ofrecen comida y café.

En la habitación contigua está encendido el televisor. Por el noticiero me entero del rapto de dos colegas que estaban en la zona para informar sobre mi secuestro, de los operativos militares para rescatarnos, y de las contradictorias versiones sobre lo que me ha ocurrido.

JUEVES, 26 DE MAYO

Después de entrar a la habitación con un pocillo con café, dos guerrilleros me acompañan a hacer mis necesidades en el monte. Les digo que no es necesario, que no voy a huir, que demoro un minuto. “Es el procedimiento”, explican.

Pasamos por un laboratorio de base de coca y aguardan a prudente distancia. Termino y, al volver junto a ellos, uno de ellos me pide que nos sentemos un rato. Roza la treintena y relata que ingresó hace cinco porque los ricos lo quieren todo para ellos y el ELN lucha por los pobres. Que le empujaron a tomar las armas cuando le arrebataron toda esperanza de una vida digna. Respondo que la violencia no genera desarrollo. No me escucha, no le interesa intercambiar opiniones, sólo descargar su hondo resentimiento. “No entregaremos nunca las armas, no hay garantías de que el gobierno cumpla. Nunca dan lo que prometen”, pronostica. “¿Cree que las entregarán los de las FARC?”, inquiero.

“No sé, pero no creo”, indica.

De vuelta a la habitación, observo el paisaje. Es un escondite perfecto: en medio de la cordillera, entre laderas salpicadas de cocales y cultivos de frijoles sin casas a la vista.

Por la tarde resuenan con fuerza los helicópteros y oímos ráfagas de fusil. Apagan todas las luces y ya sólo se oyen murmullos. Sigo encerrada.

VIERNES, 27 DE MAYO

10.00 horas. “Nos vamos. Aliste sus cosas”. Andamos rápido monte arriba. Nos recoge una camioneta. Reaparece el comandante José Luis. “Le entregamos a unacomisión local de la Iglesia Católica, a dos curas”, cuenta. “Es un error que secuestren reporteros. Así nunca cubriremos lo que pasa en estas zonas apartadas”, replico. “Si ya los periódicos hacen un esfuerzo por la crisis que padecemos, así, será más complicado”.

Bajo un árbol aguardan los sacerdotes de San Calixto y San Pablo, dos poblaciones donde también conviven las tres guerrillas. La Iglesia Católica es la institución más respetada en el área.

José Luis pronuncia unas palabras sobre los objetivos del ELN y las razones que les animan a seguir empuñando las armas. Piden que redacte y escriba una sencilla acta de entrega que firmamos los religiosos y yo. Hago dos copias, una para la Iglesia y otra para el ELN. Sólo indica que “El Ejército de Liberación Nacional hace entrega a la Iglesia Católica de Salud Hernández Mora”.

También dan un comunicado. Adelanto que no me haré eco de él y que regresaré al Catatumbo. “Necesitamos garantías de que no volverán a secuestrar reporteros”, le digo. “Necesitamos venir a estas regiones a informar sobre los problemas que existen, no sólo grupos armados”. Preguntamos sobre los reporteros de RCN.

“Sus compañeros saldrán hoy o mañana por tarde”, anuncia. Añade que podré trabajar aunque lo

más conveniente será pedir permiso. “A ustedes no hay quien los localice desde Bogotá”, replico.

Nos despedimos y emprendemos el camino de regreso a la libertad con los dos padres.

IB