Religión ecologista, verde, vegetariana y orgánica ; Por Claudio Nazoa

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marzo 28
/ 2016

La ecología, el mundo verde, el vegetarianismo y la agricultura orgánica se han convertido en un tabú, tal y como lo es el fanatismo de algunos grupos religiosos.

Estas nuevas religiones de la vida verde atormentan a infieles pecadores que no comulgamos con el sectarismo con el que se pretende salvar el planeta. Planeta que yo también habito y que, de forma ateaecologista, cuido.

No apoyo que se lance basura a la calle o al mar. Tampoco estoy de acuerdo con la tala indiscriminada de árboles, ni con matar animales por diversión. Para comerlos, sí.

Es falso que por culpa nuestra exista el calentamiento global, o que el famoso hueco de la capa de ozono esté más grande por culpa mía o suya. No. La Tierra siempre ha sido cíclica en sus cambios climáticos.

Se sabe que los mares han subido y bajado y que el hueco de la capa de ozono se expande y se contrae de manera independiente a la responsabilidad humana. Incluso, el campo magnético de la Tierra ha cambiado muchas veces.

Antes de la aparición de la raza humana, hubo miles, millones de cambios brutales. Uno de los más dramáticos ocurrió hace 65.000.000 de años con la caída, casual y afortunada, del meteorito en Chicxulub, en México, el cual acabó con la inútil vida de los dinosaurios, dando paso a unas raticas horrorosas y mamíferas que, más tarde, se convirtieron en nosotros.

No se transformen en fanáticos fatalistas de grupos ecológicos sin estudiar por qué ocurren las cosas. No debemos echarnos la culpa de la dinámica del cambio, lógico y natural, de un planeta que forma parte del insólito, magnífico, milagroso y, hasta el momento, irrepetible universo.

Hay que cuidar el planeta. Pero, amigos fanáticos de lo natural, no olviden que lo que ha tocado el hombre, siempre cambia.

Cuando Jesús Soto funde el hierro y lo cuelga en varitas de colores, el hierro deja de ser natural. Picasso aplastó y destruyó pigmentos naturales para pintar. La NASA fundió feas piedras de hierro para transformarlas en cohetes que conquistan el universo. Qué bueno que Miguel Ángel destruyó una boba piedra de mármol y esculpió el David. Qué bueno que podemos transformar pollos, cochinos y vacas en exquisitos platos. Qué buena es la ciencia de la genética animal y vegetal, la tecnología, la penicilina, el antinatural Viagra y las vacunas.

No caigamos en la trampa. Salvemos el planeta, pero sin fastidiar a quienes nos gusta destruir algo, para construir y crear.