El país vacío ; por Luis Vicente León

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abril 11
/ 2016

Ya habíamos dicho que en el 2016 extrañaríamos el 2015, pero no nos imaginábamos que fuera tan pronto. La situación del país es dramática y lo más angustiante es que el gobierno responde con catorce motores que ya están sin luz y en dirección contraria.

El presidente ha dicho que no se preocupen por los dólares porque dólares no hay. Sólo le faltó recordar que, luego de que el modelo de control e intervención generó la destrucción de la capacidad productiva, sin dólares tampoco hay medicinas, ni leche, ni azúcar, ni aceite, ni harina, ni materias primas, ni maquinarias, ni repuestos, ni internet, ni roaming, ni embalses ni plantas de electricidad. Y por todo eso, compañero, sí que nos vamos a preocupar.

Lo que el gobierno tampoco ha dicho es que la inflación en 2016 supera con creces la del año anterior. Ni que la producción va en caída libre, ni que la escasez en la ciudad de Caracas es de récord histórico y podría servir como motivo para una película dentro de unos años, cuando todo esto no sea más que una pesadilla del pasado y la gente no entienda cómo pudimos llegar hasta aquí.

No es necesario tener los datos oficiales del Banco Central de Venezuela para dimensionar la crisis. La crisis no ocurre en un reporte frío, usualmente endulzado y lleno de justificaciones “creativas” y culpables imaginarios. La crisis pasa en la vida cotidiana, entra en la casa, en el apartamento y en el ranchito, en la vida de la gente de verdad verdad.

Karina es quien tiene que escaparse del trabajo el día que el número de su cédula le permite comprar productos regulados, haciendo una cola gigante buscando leche para su bebé, a sabiendas, por cierto, de que tendrá que saltarse la etapa de las compotas porque las plantas que habían hecho toda la vida esas compotas con las que fuimos criados todos los venezolanos ya no las producen porque le deben a cada santo una vela y el gobierno no paga. Ni hablemos de que la misma Karina tiene que hacer magia para buscar pastillas que le permitan evitar que venga otro bebé, en tiempos sin leche ni Nenerina.

Es Yasmina quien tiene que enfrentar la vida, difícil y roída, en un barrio donde lo único que no falta son los malandros que la amenazan a ella y a sus hijos cuando suben a diario las escaleras infinitas que separan a la ciudad del infierno en que se ha convertido su realidad.

Es Luz Marina quien no tiene ni luz ni agua. Y a veces siente que tampoco tiene vida.

Es Ana quien para conseguir harina, café y papel tualé paga veinte veces el precio regulado a un re-bachaquero, que no hace cola sino que le compra al bachaquero primario y le cobra a Ana una comisión por llevárselo a su casa y ahorrarle los riesgos de acercarse a las zonas rojas de mercado negro, arriesgándose a ser atracada, secuestrada o perder su carro en el intento.

Es José quien ya no sabe qué hacer, porque su sueldo se pulveriza frente a una inflación galopante que no lee sino que vive cada vez que su mujer o él van al abasto, donde lo que hace una semana le costaba 100 hoy le cuesta 150, mañana 200 y pasado mañana 300. Todo mientras su patrono a duras penas le aumenta el sueldo, por cierto, sin que el negocio le dé, porque hace rato que no puede producir… y José lo sabe.

Es Agustín, el pobre Agustín, quien ha dado más vueltas por Porlamar que la tierra alrededor del sol, buscando en cada farmacia un antibiótico urgente para María, quien está varada en un hospital donde no hay nada. Y el médico ya le advirtió que sin esa medicina…

Es Lucía, quien ha llorado todo el día porque bajó a Maiquetía y despidió a su último tesoro, junto a sus otros dos tesoritos. Y se queda vacía.

Y soy yo, Luis Vicente, quien hace un esfuerzo gigante por convencerse, día a día, de que mi esposa no tiene razón.