¡Ojo al dato! Estos alimentos no son tan sanos como creías

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junio 29
/ 2016

Si todos hiciéramos un simple gesto recomendado por todos los expertos en nutrición, echar una ojeada a las etiquetas de todo lo que compramos por primera vez, evitaríamos un gasto que solo nos conviene psicológicamente y a corto plazo.

1. Yogures de sabores

El yogur está tranquilizadoramente presente en multitud de recetas sanas y consejos de nutrición. Incluirlo en el desayuno o la merienda es una buena manera de hacerse con las cantidades de lácteos recomendadas, evitando los productos azucarados que solemos poner en la leche y con más sabor que esta.

El problema es que en la sección de refrigerados la mayoría de los productos etiquetados como yogur tienen más cosas. Lo primero, la omnipresente azúcar, hasta el punto de que a veces sería mejor añadir un poco con la cuchara. Conocemos bien las consecuencias de este exceso en nuestra dieta (tomamos cuatro o cinco veces lo recomendado por la OMS): aumento de grasas en la sangre, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, diabetes… y los yogures son quizá el lugar en el que más camuflada queda.

Los que se venden específicamente para mejorar el tránsito intestinal también suelen llevar más azúcar del necesario, y a veces ocurre incluso con los desnatados.

Los yogures con sabor a fruta siquiera resultan mucho más dulces que los naturales al paladar, así que hay poca duda. Te recomendamos que sigas el ejemplo de la nutricionista Tania Sanz: si necesitas dulce para animarte, compra mejor yogures desnatados sin frutas dibujadas en el envase y añade plátano, mango o sandía de verdad, por ejemplo.

2. Salsas para ensalada

Quizá ya has oído que uno de los motivos por los que la comida rápida es más bien poco saludable es el tipo de salsas de las que se suele acompañar, y esto sigue siendo cierto en casa. Comprar en frascos la salsa boloñesa para la pasta o alguna de esas salsas blancas tan aparentemente inocuas con imágenes de ensaladas puede estropear toda tu cesta de la compra a base de aceites procesados e hidrogenados, endulzantes artificiales, conservantes y colorantes en cantidad.

Lo mejor es dedicar un momento a mirar los ingredientes y primar los productos hechos con aceite de oliva, vinagre, limón, ajo, especias… Todo eso que usarías tú mismo para aderezar un plato casero. Para variar, en cuanto al azúcar añadido, venga de donde venga —jarabe de fructosa, glucosa, jarabe de arroz, dextrosa, caña de azúcar, melaza…—, cuanto menos mejor.

3. Pan de molde “integral”

Uno de los hábitos más sencillos de adquirir en beneficio de nuestra salud, cambiar la bolsa de pan blanco por otro pan más oscuro y aparentemente integral, es también uno de los menos útiles.

Muchos productos solo tienen algunos granos enteros, que oscurecen y cambian la textura pero no afectan mucho al contenido, que sigue siendo sobre todo almidón y casi nada del germen del cereal, que es donde están las vitaminas.

Los cereales integrales son mejores para evitar la diabetes y no engordar, pero mira que sean el primer ingrediente de esos panes o que estén etiquetados como “cien por cien integral”; esos sí se han hecho moliendo los granos enteros directamente, sin enriquecer ni refinar la harina.

Un caso especialmente ridículo es el de los panes “multicereales”. Muchos tienen azúcar y agua entre sus ingredientes principales, se fabrican con harinas procesadas y llevan un montón de aditivos (los famosos E-…), que no son necesariamente malos, pero no son lo que andábamos buscando cuando dejamos la blancura del pan en pos de un producto menos industrial y más “puro”.

Que un pan sea más caro no significa que sea de mejor calidad, sino que es más complicado de fabricar (por llevar muchos trocitos de ingredientes diferentes, por ejemplo, como los multicereales) o que dura menos en buenas condiciones. Los panes de molde integrales caducan antes, y por eso suelen tener un precio mayor.

Ante la duda, lo que casi siempre es mejor es comprar el pan recién hecho en barras o roscos y no envasado.

4. Bebidas sin lactosa con sabores

Si no puedes o no quieres tomar leche de vaca por el motivo que sea, no siempre harás lo mejor para tu salud con una “leche” vegetal. Sobre todo si tiene sabores añadidos, como decíamos en el apartado de los yogures. Estos productos, como el “falso” chocolate dietético, no están pensados para cuidarnos más, sino para esquivar algo que nos viene mal —por ejemplo, la lactosa, si tienes intolerancia— regalándonos algo similar que echarnos a la boca.

Hoy por hoy, de las leches que podemos encontrar en la mayoría de los supermercados, la más nutritiva es la de vaca, así que por ejemplo en el caso de los niños pequeños no debemos dejarnos engañar por el mantra de lo vegetal como sinónimo de bueno. La leche de toda la vida tiene proteínas e hidratos de carbono más valiosos para nuestro organismo y vitaminas del grupo B, A y D. Si no hay problemas concretos como obesidad o algún otro diagnóstico médico, la entera es perfecta para quien necesite alimentarse bien.

La lactosa, a no ser que tengas alergia, debe estar en tu dieta diaria. Si eres vegetariano, la mejor sustituta posible es la de soja, pero mejor enriquecida con vitamina B12 y calcio. Aun así, los médicos nos dicen que para conseguir proteínas de similar valor biológico habría que completar estas bebidas con huevos, pescados y carnes, o compensar con tipos de proteínas vegetales distintos en el mismo plato.

MSN