¡Sí, Luis! ; por Luis Vicente León

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abril 18
/ 2016

No me cabe duda que, en medio de su profunda crisis de flujo de caja, el gobierno venezolano se verá obligado a buscar recursos externos para parapetear la economía y evitar el colapso social.

El problema es que los primeros pasos que toma en ese sentido no lucen muy efectivos.

La primera estrategia fue engañar a las empresas privadas y autorizarles divisas para importaciones que luego no fueron honradas. El gobierno pensaba que se la estaba comiendo. Las empresas trajeron productos con créditos de proveedores o de sus casas matrices. Eso permitió que entraran al país mercancías que abastecieron parcialmente el mercado durante un período en el cual el gobierno redujo sus asignaciones de divisas sin caídas dramáticas de abastecimiento. Pero cuando los retrasos de pago se hicieron insostenibles, ocurrió lo esperado: las empresas habían vendido sus mercancías en bolívares, tomando como referente el tipo de cambio oficial que no recibieron.

Para las empresas formales no había forma legal de obtener divisas para pagar a sus proveedores o headquarters, quienes bloquearon los créditos y despachos, produciéndose un desabastecimiento severo. Las empresas menos formales, que participan directa o indirectamente en el mercado paralelo, igual tuvieron pérdidas relevantes. Como no hay mercado paralelo legal, no pueden valorar sus mercancías al precio real y, por ende, o no pueden recuperar sus inversiones y pulverizan su patrimonio o deben trabajar ilegalmente y exponerse peligrosamente.

No había posibilidad de que el mercado funcionara, así que las importaciones se desplomaron, junto a la producción y el abastecimiento.

El gobierno hizo un segundo intento. Amenazó a las empresas con expropiarlas o apresar a sus dueños si no mantenían su producción. Algunos alargaron la agonía, pero al final se bloquearon los procesos ante una realidad concreta: Prefiero parar, cerrar o que me expropien, antes que perder la empresa de todas maneras habiendo metido más plata, como un bolsa, jugando un juego perverso en el que no hay salida.

Mientras tanto, el gobierno aumentó las importaciones públicas creyendo que podría obtener mayor margen de maniobra sin tener que negociar las deudas previas. Pero el problema sólo empeoró. Más ineficiencia, más corrupción y menos importaciones por dólar colapsaron la estrategia y condujeron al país a su situación actual, que no vale la pena describir. Es obvia: entregas parciales e insuficientes de divisas para importaciones nuevas; negociaciones de pagos de deuda con bonos raros; más amenazas; reuniones para explicar que no tienen ni un duro; más aquella declaración presidencial: “No se preocupen por los dólares, porque dólares no hay”.

Y, finalmente, la invitación del ministro para que “otros” rompan sus cochinitos para tratar de evitar lo inevitables han sido las “grandes” estrategias para enfrentar la crisis. Pero no a un cambio en el modelo colapsado. Ni al reconocimiento de sus errores y un propósito serio de enmienda. Ni a la apertura cambiaria. Ni a alianzas inteligentes con el sector privado. Ni a la búsqueda de financiamiento en organismos internacionales en lo cuales Venezuela es miembro.

Se decantan por un llamado desesperado a que los tenedores de capital, que están perdiendo dinero a diario, metan más dólares frescos en una cárcel que el carcelero dice que no abrirá, con los precios de sus bienes regulados por debajo de los costos de producción (es decir: perdiendo real) y con la amenaza de que, cuando el gobierno quiera, los expropia. En resumen: sin cambiar un ápice las condiciones que explican por qué ya no son viables ni sostenibles sus actividades.

Sólo cabe una expresión para responder a la pregunta: ¿Es posible que esta estrategia de convocatoria oficial a la inversión, sin cambios en el modelo primitivo que origina la crisis, funcione?

“¡Sí, Luis!”