Lamentable testimonio de madres que no tienen con qué alimentar a sus hijos

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mayo 30
/ 2016

El año pasado, el hijo de Oriana López, de seis años, se llevaba al colegio su lonchera “bien resuelta”. Adentro, las arepas siempre tenían Cheez Whiz, jamón y queso, productos que ya su madre no puede comprar. Para los almuerzos, llevaba pasta o arroz con carne. Ahora, cualquiera de los tres se le hace difícil conseguir. De meriendas, las frutas siempre estaban presentes en trozos y en jugos naturales. Desde febrero de 2016 para acá, el pequeño ya no se alimenta igual.

La crisis alimentaria es cargada a cuestas por las madres venezolanas. De cola en cola, de supermercado en supermercado y tocando puertas para pedir un poco de lo uno o de lo otro, llenan de a poquito las alacenas vacías. Así sea solo para un par de días.

“En casa tenemos harina y pan con Cheez Whiz para comer. Tengo una tía que vive al lado y compartimos la comida”, aseguró la madre. “Ya no puedo mandarle ni merienda ¿Cómo lo hago si un Cocossette vale 600 bolívares?”, dijo.

La semana pasada, el hijo de Oriana faltó a clases porque no tenía desayuno. De almuerzo, su madre a veces logra conseguir pasta; pero cuando corre con la suerte de encontrar algo de carbohidratos, entonces faltan el queso o la mantequilla en su nevera.

“Así sea un pancito con mantequilla se lleva; pero es que es hasta una odisea conseguir pan“, contó a Efecto Cocuyo mientras hacía una cola en una panadería cerca de su casa, en el oeste de Caracas.

Oriana tiene siete meses de embarazo y ha dejado de comer para poder alimentar a su primogénito. “Lloro cuando mi hijo me dice ‘mami ¿qué vamos a comer hoy?“, expresó.

Ana Luisa Velásquez, quien trabaja como personal de limpieza, también contó a Efecto Cocuyo que pasa por la misma situación. En la mañana “resolvió” preparando una sopa de verduras con unas alitas. Eso sirvió de desayuno y el almuerzo en su casa. Su hija de 10 años también ha faltado al colegio por la misma situación que el hijo de Oriana.

“Yo a la niña no la he mandado porque me pasa que no he tenido nada de comer para que se lleve”, explicó Ana Luisa. Los días que pierde, hace las tareas desde casa y llama a sus compañeros para saber qué dieron en las clases.

Adelina Teotiste Urbina, de 50 años, labora también como encargada de limpieza. En las tres casas de familia en donde trabaja, ha visto cómo las neveras se han ido quedando vacías poco a poco. “Ya casi no compran arroz ni harina ni aceite. Carne tampoco hay“, aseguró.

Con la situación actual, trata de rendir lo que encuentran en los hogares: “Si antes se comía una taza de arroz, ahora hay que comerse cuatro cucharillas. Uso más vegetales para completar. Se comen más yuca y ensaladas“.

Aunque su hijo ya es adulto, Adelina ayuda a su sobrina con los alimentos. Cuando le toca salir a comprar, ella cuida a los más pequeños de su familia. “Tiene una de cuatro y uno de 12. No le gusta que sus hijos vayan con ella a hacer cola; me dice que siempre hay zaperocos, que se pueden formar saqueos y que hay gente que lleva cuchillos”, relató.

A las 2:00 am, sale la sobrina de Adelina a ver si corre con la suerte de encontrar algo de comida. Los días en los que no consigue nada y las alacenas se quedan vacías, la madre de dos les da a sus hijos fororo, sin leche. Cuando hay harina de maíz, toca comer arepa; pero sola. Las cuentas no dan para el relleno.

Los viernes le toca comprar a Isis Mata, una vendedora de 33 años. Desde el jueves, ya empieza a planificar su fin de semana para poder salir a comprar los productos regulados. Con los viernes decretados como no laborables en las escuelas, a Isis se le hace más complicado salir con dos niños en casa, uno de cuatro y una de 2.

“Hoy los repartí“, dijo sobre sus hijos, quienes se quedan dos días a la semana en casa de su abuela. Así, Isis puede ir a hacer colas sin estar pendiente de que tiene que llegar a la casa a una hora en específico.

Prefiere no salir a buscar comida antes que llevarlos a las colas con ella. “Son chiquitos y no tienen la culpa de lo que está pasando“, expresó, “esta semana me pasó dos veces que hice una cola y, cuando llegué al final, ya no había nada para comprar“.

La crisis alimentaria ha reducido la comida en las casas de las cuatro madres. No solo ahora se come una o dos veces al día, sino que las porciones y los alimentos se han reducido.

A Oriana lo que más le duele es que su pequeño antes comía completo. Ahora, es lo que se consiga. “La calidad de vida que mi mamá le dio a sus hijos años atrás, no se la puedo dar yo a mis hijos ahora“, afirmó.

EC