La renuncia de Maduro ; Por Gustavo Briceño Vivas

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marzo 16
/ 2016

Desde luego que una empresa o una organización sea la que fuere si funciona mal y va a pérdidas lo más probable es que sus dirigentes revisen sus actuaciones, y si no resuelven en definitiva los problemas lo lógico y natural es la renuncia a sus cargos directivos y la posibilidad de que otros puedan hacerlo mejor. Generalmente, acá se distingue la importancia que la empresa persigue y sus objetivos y los efectos que la misma determina en la sociedad o en cada uno de sus miembros.

Imagínese, estimado lector, cuando la empresa que funciona es un país o una nación. Atención tengo, de que no comparo obviamente una empresa con un país desde el punto vista mercantil o algo parecido, no, me refiero concretamente a una empresa que se dedica única y exclusivamente a satisfacer deseos colectivos y principalmente necesidades sociales. Un gobierno, por ejemplo, como forma política de mando y ejecución de políticas públicas es una empresa en el buen sentido de la expresión, en dedicación exclusiva: una actividad destinada a satisfacer intereses colectivos y difusos que se ejecutan a través de leyes y diversos instrumentos normativos, y cuya finalidad esencial es al mismo tiempo que autoriza y legitima las actuaciones de los gobernantes, los limita, para que sus objetivos o fines se realicen con miramientos colectivos y en constante satisfacción con los intereses de la comunidad. Gobernar es una actividad harto difícil y complicada que supone una dirección unipersonal o colectiva honesta, técnicamente preparada y suficientemente enraizada en el conocimiento cultural y esencial del colectivo que gobierna. Además, es inevitable relacionarme con la noción de democracia y todo lo que ello implica, como concepto formal y como modo cultural y político de ser y de manifestarse. Por esta razón, a riesgo de que me tilden de excluyente, un buen gobernante debe ser una persona principalmente culta e inteligente, es decir, que de su pensamiento se deriven manifestaciones de conocimientos e ideas definidas acerca de que su labor política y social es en beneficio de la gente y no de su persona o de sus allegados. Que tenga como compromiso el buen gobierno, y la necesidad de contradecir el populismo como desarrollo de gobernantes que satisfacen a los pueblos en sus necesidades inmediatas, pero con sentido –de alcahueta– muy pernicioso por cierto, para un país que necesita desarrollarse y crecer como pueblo y como nación.

Toda esta disertación ideológica personal la llevo a cabo por cuanto se habla mucho de la renuncia de Maduro y sus consecuencias. En efecto, este presidente no cumple en nada –como requisitos– para ostentar el cargo que ocupa. No se parece en lo absoluto a lo que debería ser un presidente de una nación republicana que forma parte de un contexto especial latinoamericano, y cuya ejecución personal como gobernante no alcanza a los elementos o estamentos primarios exigidos en una democracia, tales como cordura, cultura, profesionalidad, conversación, diálogo o imaginación mínima para gobernar un país. Yo siempre pensé en la renuncia de Maduro, desde el día en que lo conocí –por supuesto en los medios de comunicación– cuando incluso andaba con Hugo Chávez y no solamente ahora. Claro que Venezuela ha tenido en su vida y en su historia cosas peores, irremediablemente incomparables, como por ejemplo la Guerra Federal y la tragedia del choque cultural con Europa después de 1500, pero en todo caso, tener un presidente que no alcanza para serlo y sobre todo de una manera tan ostentosa como el actual, es realmente una desgracia para la historia que solo se soluciona con una renuncia formal a las funciones que tiene. Así lo creo.