La pobreza es el resultado ; Por César Pérez Vivas

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marzo 16
/ 2016

Cuando los pueblos caen en manos del populismo autoritario, el seguro e indubitable final es la pobreza, la pérdida de la democracia y la violencia.

La situación comienza y tiene su primera causa en el desconocimiento de las reglas básicas de la democracia, en la violación permanente del orden constitucional, pero sobre todo en el sometimiento acrítico de todas las ramas del poder público a la férrea voluntad de un caudillo, o de una camarilla que se hace con el poder.

Así comenzó la tragedia que hoy vivimos los venezolanos. Hugo Chávez se lanzó por el camino del control absoluto del poder desde el primer día en que lo asumió. Promovió y llevó a cabo una Asamblea Constituyente para tomar el control político directo de la Fuerza Armada Nacional, hasta llegar a convertirla en un actor político al servicio de su proyecto personal. La eliminación del control parlamentario sobre los ascensos militares, consagrado en la Constitución de 1999, le abrió las puertas a ese objetivo fundamental en su estrategia de someter a su voluntad a todo un país. Dicha Asamblea le permitió el control de los demás poderes públicos.

En adelante desconoció la autonomía del Banco Central hasta convertirlo en una dependencia que avala todo tipo de derroche y gasto irresponsable, ahora con el fin de dominar el continente y exportar la “revolución”. En ese afán de derroche y compra de voluntades en el mundo, se desconoció la norma consagrada en el artículo 321 de la Constitución, que obligaba a ahorrar recursos en los tiempos de abundancia para afrontar dificultades en tiempos de escasez. En efecto, dicha norma ordena crear un Fondo de Estabilización Macroeconómica. Textualmente el artículo 321 constitucional, dice: “Se establecerá por ley un fondo de estabilización macroeconómica destinado a garantizar la estabilidad de los gastos del Estado en los niveles municipal, regional y nacional, ante la fluctuación de los ingresos ordinarios. Las reglas de funcionamiento del fondo tendrán como principios básicos la eficiencia, la equidad y la no discriminación entre las entidades públicas que aporten recursos al mismo”.

Hugo Chávez desconoció este mandato constitucional. Burló su espíritu, razón y propósito. Hizo todo lo contrario. Creó un fondo de derroche de los recursos excedentarios. Dicho ente lo llamó Fondo de Desarrollo Nacional.

Una Asamblea Nacional y un Tribunal Supremo sumiso permitieron esa manipulación burda de la Constitución, y toleraron la creación de ese mal llamado Fondo de Desarrollo Nacional que pasó a ser Fondo del Desaguadero Nacional, mediante el cual Chávez dispuso a su entera voluntad, sin rendir cuentas a nadie jamás, de la más fabulosa suma de recursos que haya podido disponer en nuestra historia ningún presidente. No se ahorró nada en los tiempos de abundancia, por el contrario se derrochó todo, y para completar la faena, se endeudó al país en la suma más cuantiosa de toda nuestra historia económica. Para completar la labor de destrucción, no se conformaron con el derroche y el robo de la riqueza petrolera, y la derivada de los créditos internacionales, sino que con la anuencia de jueces y legisladores, se desató una orgía de expropiaciones, confiscaciones y regulaciones que terminaron destruyendo el aparato económico privado de la nación.

Más allá de los errores económicos, de la obsolescencia de las ideas y modelos económicos aplicados, hay un elemento de orden político como vector transversal en toda esta tragedia, es el desconocimiento de las reglas básicas de la democracia moderna.

Vale decir, la causa primaria de la catástrofe social y económica que hoy vivimos los venezolanos, está en lo político. El problema es esencialmente político. Haber permitido, haberle concedido al caudillo militar de la felonía del 4-F todo el poder del Estado nos trajo a esta situación.

La lección debe ser aprendida, y debe ser transmitida a las nuevas generaciones. La política es vital en la construcción de una sociedad, pero especialmente la política democrática es la esencia de una sociedad moderna y justa.

Si somos exigentes e inflexibles en el respeto a las reglas de la democracia, podremos enfrentar otros desafíos de una manera más eficiente. Si no hubiésemos perdido la democracia, no hubiésemos llegado a este nivel de destrucción al que hemos arribado. Si las instituciones hubiesen hecho su trabajo, no se hubiese permitido el derroche y el asalto a la riqueza petrolera, o por lo menos se hubiese reducido sensiblemente la magnitud del daño. Si hubiésemos tenido instituciones, se hubiesen podido defender derechos humanos fundamentales, como el de iniciativa privada, el de propiedad, el de libre asociación, y otros que han sido pisoteados.

La conclusión es clara, autoritarismo y populismo no tienen otro resultado que el de la pobreza generalizada. A ella hemos llegado.