La parrilla de César Miguel ; Por Claudio Nazoa

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marzo 21
/ 2016

César Miguel Rondón tiene fama de ser el mejor maestro parrillero, y, para demostrarlo, el año pasado invitó a un grupo de amigos a pasar la Semana Santa en una casa bellísima que tiene en Chichiriviche.

Llegando, comenzó mi calvario.

—¡Claudio y Tania quedan en el mismo cuarto! –sentenció César Miguel.

—¿Y no me puedo quedar con Gaby Espino?

—No. Y apúrense que los dos van a hacer las compras.

La carnicería, en aquel tierrero y en aquel calorón, quedaba lejíiisimo.

11:45 am. Flor Alicia, la esposa de César Miguel, había dicho que el almuerzo era temprano. Cundió el pánico. Se estaba haciendo tarde. Suena el celular. Era Flor Alicia:

—¿Saben cosa fea?, que lleguen los invitados y ustedes entren con el corotero.

Mientras, en la casa, el apuesto baterista Adolfo Herrera afinaba los cueros.

—¡Cállate, Adolfo, que estoy escribiendo un poema para Mariaca! –gritó Leonardo Padrón.

Por fin, sudados y cansados, llegamos a la casa.

—¡Yo sabía que si ibas con Tania tardarían más! ¡Seguro que estaban echando chistes y todavía ni siquiera se han prendido los carbones!

Encendiendo carbones todo el mundo es un experto: Jorgita Rodríguez ponía servilletas prendidas, Gledys Ibarra soplaba y soplaba. Y los malditos carbones ¡nada que prendieron!

A eso de las 2:00 de la tarde, desesperado por el hambre y el calor, logré encender los carbones. Me trataron como si yo fuera el dueño de la casa:

—Claudio, la cerveza está caliente –indicó Mariaca, mientras, emocionada, leía llorando el poema que le escribió Padrón.

—Papi –dijo mi hija Valentina– ¿ya está la parrilla?

Díganme cuando puse la carne y los chorizos en el asador. ¡Todo el mundo era un experto! Nadie creía que la carne estaba buena, pero coincidieron en que los chorizos estaban grasosos y la morcilla seca.

—¡Claudio, imagino que preparaste guasacaca! –gritó Amanda Gutiérrez.

Corrí a la cocina para improvisar una guasacaca.

—¡Se está quemando la carne! –gritó Carlota Sosa.

Corrí y dejé la licuadora encendida.

Agotado y lleno de humo, volteé la punta trasera.

—Claudio, ¡no apretaste bien la goma de la licuadora y se está botando la

guasacaca! –susurró Rafael Romero.

Y pensar que todavía faltaban las críticas a la yuca. A todas estas, el dueño de la casa estaba echadote durmiendo en una hamaca.

La próxima vez que me inviten a una parrillada pediré que me lleven a pasar la Semana Santa en la arepera Paramacay, en la autopista Regional del Centro.