¡La otra cara de Cuba! Lo que Obama no vio durante su viaje a “la isla de la felicidad”

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marzo 23
/ 2016

Abandono, suciedad, cortes de agua y luz, falta de alimentos, un transporte público tercermundista y pesimismo. Esta es la cara de la capital que el régimen cubano no mostró a su ilustre visitante, y que describe el periodista Javier Molina, Enviado Especial a La Habana de ABC de España.

Obama aterrizó en Cuba y lanzó su mensaje. Adentro del Palacio de la Revolución, mientras los acordes estadounidenses sonaban, muchos cubanos contenían la respiración. Afuera, con media ciudad cortada y literalmente colapsada, todo lo que iba mal ha ido a peor. Y los gritos, las protestas y las quejas se multiplicaban minuto a minuto. «La Habana sigue igual o peor», se quejaban taxistas y viandantes en La Habana Vieja.

«Este infierno, esta atrocidad, es culpa toda de Obama», exclama el taxista cuando, por tercera vez en cinco minutos, le indican que la calle está cortada. Lo que desde hace días era entusiasmo y preparativos de bienvenida se ha convertido de pronto en una pesadilla. La Habana, ciudad de por sí dificil para transladarse debido a las estrechas callejuelas del centro, a los agujeros y desconchones de las carreteras y a la ausencia de un transporte público eficaz, es hoy un laberinto de calles cortadas al que se ayer se sumó el chaparrón caribeño. Primero fueron las calles de La Habana Vieja, ahora es toda la ciudad. En cada esquina se escuchan pitidos e imprecaciones caribeñas de gente que discute con policías mientras el agua va inundando las maltrechas aceras. «Todo merece la pena si nos llega el cambio», afirma Yoseli, una vecina de Centro Habana, un barrio céntrico pero especialmente abandonado.

Obama en Cuba

Pero no todo es cambio e ilusión en la capital cubana. Saliendo del circuito turístico habitual, uno encuentra los mismos barrios míseros, las casas absolutamente ruinosas, las calles oscuras y destrozadas y el mismo ambiente de decadencia y abandono que lleva reinando décadas en la capital cubana.

No hace falta recorrer los barrios pobres de la periferia (Playa, al oeste, y Regla, en la costa este de la bahía, sufren un abandono absoluto), basta con salir del centro de La Habana Vieja -cuyas cinco plazas empiezan a exhibir el esplendor colonial de antaño- para toparse con edificios completamente en ruinas, fachadas que se sostienen con tablones de madera y calzadas que parecen haber sobrevivido a un seísmo.

Uno de los principales problemas de los habaneros es el desabastecimiento. «Un día no hay leche, al otro no hay huevos, el agua falla constantemente», cuenta Yaris, una vecina del barrio de Cerro, al sur de la Plaza de la Revolución. «Por las noches, el suministro de agua se corta y si tienes la mala suerte de llegar tarde del trabajo no puedes ni ducharte», añade la vecina. En las inmediaciones del barrio no hay ninguna tienda a la vista. Para comprar agua o pan los vecinos tienen que hacer largos y penosos recorridos hasta encontrar un supermercado abierto. También tienen problemas para trasladarse; las llamadas «maquinas» o «carros americanos», son enormes automóviles individuales que los cubanos usan para viajar desde las afueras hasta el Capitolio, punto neurálgico de la ciudad. En ellos pueden verse hasta nueve cubanos apretujados. «Es la única forma de llegar a la ciudad», cuenta Hugo, vecino del Vedado. «Nos cobran unos pocos pesos cubanos, mientras que los taxis turísticos cuestan cinco cucs, es decir cinco dólares. Solo con un viaje gastaríamos el sueldo de un mes».

Obama en Cuba

Ese es otro de los problemas económicos a solucionar: la sempiterna dualidad económica. La presencia de una moneda para uso ciudadano popular (los pesos cubanos) y otra para el turismo y las clases altas (los pesos convertibles en dólares), genera una desigualdad insalvable. Un CUC equivale a 24 pesos cubanos y el salario medio rara vez llega a los 20 CUCs, unos 300 pesos cubanos. Los productos de primera necesidad como alimentos, medicinas y productos higiénicos se compran con pesos y son accesibles a todo el mundo, siempre que los haya, pero cualquier otra cosa, como ir a comer a un restaurante o tomarse una cerveza en un pub, se cobra con pesos convertibles (dólares), es decir resulta carísimo para el cubano medio.

Hay, por supuesto, posiciones privilegiadas. Quien se dedica al turismo puede conseguir facilmente 1.000 CUCs mensuales, entre propinas y comisiones extra. También los médicos y los militares ganan más: los primeros por ser una profesión importante (llegan a ganar 1.500 CUCs) y los segundos por estar cerca del poder (su sueldo es indefinido, pero gozan de privilegios).

Los privilegiados

¿Pero es que existen cubanos de clase alta en una sociedad comunista? Existen, aunque muchos de ellos suelen confundirse con el turista. Cuando uno entra en la discoteca Sarao, del barrio Vedado (al oeste de La Habana), encuentra gente de piel clara vestida a la última, con zapatillas de marca Nike, camisetas de diseño, gafas Rayban y pantalones Levis. Consumen copas sin parar y tienen acceso privado a internet en sus celulares (un servicio casi imposible de conseguir en Cuba). Al principio puede pensarse que son turistas españoles o italianos, pero cuando uno habla con ellos el acento no deja lugar a dudas: son cubanos de clase alta que emulan la vestimenta y el estilo de los hipsters europeos. En el Sarao las copas valen cinco dólares y los cócteles siete y no se escucha salsa ni cumbia, sino reggeton y música de Enrique Iglesias. «Aquí tienes a la élite cubana», me dice Leonardo, taxista del barrio. «Hijos de militares y funcionarios. Lo que ustedes llaman, los pijos».

Obama en Cuba

«Nosotros no somos ricos, somos solo cubanos modernos», cuenta Aire, una chica con pechos operados y vestido ceñido que baila reguetón en el Sarao. «No tenemos nada que ver con esos elementos de Centro Habana». Cuando dice elementos, se refiere a los afrocubanos que pululan por las calles de Centro Habana (entre el Vedado y La Habana Vieja), una zona desastrada y repleta de prostitución y de locales de salsa en los que aún se ve la triste imagen de un turista vicioso y envejecido besándose con una joven y esbelta mulata. «Me asqueo solo de pasar por allí», sentencia Aire tapándose la nariz.

Hay un detalle nuevo que llama bastante la atención: en ciertas esquinas se congregan docenas de jóvenes que miran a sus teléfonos móviles con pasmosa atención y enganche. Se trata de zonas de wifi en las que, por dos o tres CUC (el equivalente cubano de los dólares) consiguen conectar sus aparatos y asomarse al mundo.

ABC.es