La marcha de la sal ; por José Guerra

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mayo 29
/ 2016

Esta semana un grupo de médicos del hospital universitario de Mérida se declaró en huelga de hambre para exigir al gobierno respuesta ante la crisis sanitaria, al tiempo que nos enteramos de la lamentable muerte de Oliver Sánchez, aquel angelito de ocho años, paciente oncológico que hace un par meses participó en una protesta pacífica por el derecho a la salud. Solo uno de tantos dramas que nos obligan a reflexionar sobre la ruta pacífica, no violenta que transitamos para enfrentar un régimen cruel e insensible como pocos.

La historia estilizada nos cuenta que un buen día, por allá en 1930, Mahatma Gandhi se embarcó en una marcha pacífica para retar la autoridad imperial sobre algo tan trivial como la sal. La famosa “marcha de la sal” arrancó con un puñado de simpatizantes y tras recorrer más de trescientos kilómetros terminó en una verdadera multitud. De allí siguió una escalada de manifestaciones pacíficas y actos de desobediencia civil que culminaron en la eventual independencia de la India. Si uno revisa el episodio en detalle encuentra que la historia no es tan sencilla, que muchas facciones disentían de dicha estrategia y que el consenso tomo tiempo en alcanzar masa crítica. En la práctica, la lucha no violenta es un proceso social complejo, donde coexisten corrientes divergentes y en momentos contradictorias. Así, por cada Gandhi ha habido un Nehru, por cada Martín Luther King un Malcom X, por cada Mandela un Buthelezi. Hay que entender dicha complejidad y mantener el rumbo en la diversidad.

Por otra parte, el camino de la no violencia para nada implica la pasividad o la inacción, mucho menos la indiferencia. Por el contrario, la no violencia implica la movilización, la confrontación, la denuncia e incluso la transgresión, que es la esencia de la desobediencia civil. Se trata de una lucha simbólica que apela a la conciencia, no del régimen, sino la conciencia del resto de la población, sobre todo del que se mantiene distante, indeciso o indiferente. Así por ejemplo, un gesto tan radical como la huelga de hambre de los médicos en Mérida no está dirigida a mover la conciencia de la ministra que niega la emergencia humanitaria, o la del presidente reposero que responde a La Habana. Se trata más bien de un gesto que apela a la conciencia de los demócratas, buscando quizás servir como mecanismos catalizador, como punto focal que facilite la coordinación de tantos esfuerzos.

En mi columna anterior comentaba que ante el írrito decreto de estado de excepción la ciudanía debía denunciar y documentar, pues con el restablecimiento del Estado de Derecho se podrá demandar reparación por tanto atropello. Hoy agrego que si se materializa la reciente amenaza de Maduro de decretar un estado de conmoción interna, la respuesta ciudadana debe ser clara y serena: desobediencia civil generalizada y profundización de la resistencia pacífica. Podrán caldear los ánimos, enervar a la población, pero no nos sacarán de la ruta democrática, pacífica y constitucional.