La historia de un terrorista arrepentido de pertenecer al Estado Islámico

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abril 27
/ 2016

El jordano Abu Ali, de 38 años, buscaba un cambio radical en su vida. Se había divorciado de su esposa, que era estéril, y había perdido su trabajo. Con el pretexto de “ser un buen musulmán y tener un trabajo de escritorio”, decidió unirse al Estado Islámico.

Apenas cuatro meses necesitó para darse cuenta de las atrocidades y barbaries del grupo terrorista. En ese tiempo fue testigo de cosas que nunca imaginó, como ver a un piloto jordano quemado vivo. Así es como decidió emprender una increíble fuga y dejar atrás esa corta pero abrumadora experiencia.

Todo comenzó una mañana de mediados de enero, cuando Abu Ali se dirigió hacia Akçakale, del lado turco de la frontera con Siria. Después de pagarle a un barrendero de la zona, cruzó rápidamente por un pequeño agujero de la valla que divide la frontera, consigna Daily Mail.

Después de una hora corriendo ya del lado sirio, un coche condujo al hombre jordano a una casa de acogida cercana. Era un edificio grande, de una sola planta, donde eran recibidos yihadistas que llegaban para unirse a ISIS desde diferentes partes del mundo.

“Era como un aeropuerto. Allí vi a norteamericanos, ingleses, franceses y personas de otros países. Sólo uno era sirio”, relató Abu Ali.

Al cabo de cinco días, tiempo en el que los dirigentes yihadistas investigaron los antecedentes de los reclutas, éstos fueron subidos a un minibús para ser llevados al este de la ciudad de Homs.

Durante las primeras semanas en las filas del Estado Islámico, los hombres despertaban antes del amanecer, rezaban y luego salían a correr y hacer flexiones, antes de recibir las lecciones de la sharia. Éstas se centraban en la diferencia entre los musulmanes y los no musulmanes y la necesidad de luchar contra los infieles y los apóstatas.

La primera experiencia impactante que vivió Abu Ali fue durante una reunión que organizó un emir yihadista en una pequeña cueva, donde a través de un proyector mostró a los reclutas la macabra ejecución del piloto jordano Maaz al Kasasbeh, quien fue quemado vivo por los terroristas en febrero de 2015.

Visiblemente aturdido por las imágenes, el emir hizo retirar a Abu Ali, el único jordano en la sala, y luego mantuvo una charla con él sobre su reacción ante la ejecución. Después de una justificación que pareció satisfacer al emir, esté le respondió: “Al principio de este curso, usted era un kafir (infiel). Ahora se están convirtiendo en musulmán”.

Si bien se salvó de ser castigado, todas sus acciones comenzaron a ser vistas con desconfianza. En ese momento se dio cuenta de que la nueva vida que había planeado no era lo que esperaba.

En Jordania frecuentaba bares, discotecas y fiestas. La ausencia de niños en la casa, debido a que su mujer era estéril, hacía sus días vacíos, según confió Abu Ali. Desempleado, divorciado y sin rumbo en la vida, pensó que unirse a ISIS le proveería un “trabajo de escritorio”.

Después de las dos semanas de cursos de la sharia, llegó el momento de los entrenamientos militares. En el último día de preparación, los reclutas juraron lealtad. Acto seguido, un comandante sirio les comunicó que serían enviados a las primeras líneas para luchar en Irak.

“Señor, yo no quiero ir a la primera línea. Me dijeron que podía hacer la parte administrativa en Raqqa”, manifestó con un dejo de temor Abu Ali al comandante yihadista.

“Usted prestó juramento. Debe escuchar y obedecer”, fue la tajante respuesta del militante terrorista, quien le aclaró que si se negaba a obedecer, el castigo que podía recibir era “la pena de muerte”.

Tras varios días de viaje, llegó a Garma, un pueblo al oeste de Bagdad, cerca de la línea del frente. Al principio él, junto a otro recluta, arrastraba a los heridos del campo de batalla. “El trabajo era aterrador”, recordó.

El tercer día de combate, Abu Ali y otro yihadista llamado Abu Hassan se dirigieron a un comandante iraquí: “No queremos luchar más”.

Al negarse a luchar en Irak, fue devuelto a Raqqa y permaneció unos días en una prisión de ISIS, ubicada en un estadio de fútbol

Los dirigentes yihadistas le comunicaron que le darían una nueva oportunidad y lo llevarían a luchar a la ciudad de Manbij.

Un día se encontró solo en una casa de esa ciudad y al lado de la vivienda había un cibercafé. La vida le dio una señal en ese momento. Su teléfono sonó y era un mensaje de WhatsApp. Era su esposa. “Si amas algo, déjalo ir. Si no regresa, no era para ti. Pero si lo hace, será tuya para siempre”, decía el mensaje.

La emoción se apoderó de Abu Ali, quien se disculpó por sus errores y le comunicó que quería volver.

En ese momento recordó que uno de sus compañeros en Irak, un hombre marroquí, había escapado a Turquía. Lo contactó para pedirle ayuda y salir del infierno de ISIS. Así es como, después de cuatro meses, volvió a unirse a su mujer.

IB