La dramática historia de un venezolano por no tener cédula

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abril 22
/ 2016

Wendy’s Carolina Estrada Álvarez, de 34 años, vive la peor de sus pesadillas. En 2007 extravió su cédula de identidad y, tras nueve años de “peloteo”, no ha podido obtener de nuevo el documento. Hace año y medio se fue a EE UU (lugar donde nació) en busca de una mejor calidad de vida, pues en la tierra donde creció “no es nadie, no tiene identificación”.

“Nací en Estados Unidos y soy hija de padres venezolanos por nacimiento, lo que me hace ciudadana venezolana según el artículo 32 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Sin embargo, desde hace nueve años no tengo identificación, ‘no soy nadie’.

Siempre llevé una vida normal. Crecí, estudié, trabajé, me casé y presenté a mi única hija, Grecia Valentina, en Maracaibo. Pero mi vida ‘desapareció’, de la noche a la mañana, cuando extravié mi único documento de identificación personal: mi cédula.

El interminable periplo civil por recuperar mi documento comenzó en 2007, cuando tenía 25 años.

Convencida de que no me llevaría más de una jornada en sacar una nueva cédula, acudí a una oficina móvil de cedulación cerca del antiguo Mercamara, en el municipio San Francisco.

Una cola de más de 200 personas antecedía la ‘pesadilla’ de la que no he podido despertar.

La persona que me atendió solo se limitó a decirme que mi número de cédula no aparecía en el sistema y que debía acudir a la sede del Saime ubicada en Caracas (antigua Onidex), y consignar algunos recaudos.

Busqué una copia de la cédula, constancias de estudio, mi acta de matrimonio y hasta la copia de una página del libro de actas que firmé cuando me saqué la cédula por primera vez. En menos de una semana, partí con los recaudos hasta la capital.

En el Saime de Caracas hice la cola como el resto de las personas que aguardaban a que abrieran las puertas del lugar. Cuatro horas después, logré entrar a la oficina donde sería atendida con frialdad. La manera de hablar de la empleada pública daba cuenta de la poca vocación de servicio que tenía.

Ella recibió mis documentos y me dijo que debía esperar, que se comunicarían conmigo.

Esperando la ansiada llamada que no recibí, tuve que hacer varios viajes hasta la capital, poco más de diez.

Todos los hice vía terrestre y completamente indocumentada, con el temor de que la Guardia Nacional me detuviese bien sea en el Puente sobre el Lago de Maracaibo o en cualquiera de los diversos puntos de control que hay a lo largo de las 12 horas de trayecto que hay en bus desde Maracaibo hasta Caracas.

En uno de los tantos que hice y con la esperanza de encontrar una solución, les dije que venía en bus desde Maracaibo, pero nunca obtuve respuestas favorables.

‘Aquí ha venido gente de más lejos que tú’, era lo único que me decían de forma tajante. Los kilómetros recorridos por tierra en autobús y las horas de sueño nunca fueron suficientes.

Cada vez que iba me ‘peloteaban’ de una oficina para otra, hasta que finalmente una persona me dijo que mi caso solo lo podía resolver un tal ‘Octavio’, que debía preguntar por él. Nunca me dieron siquiera su apellido, por eso, al tratar de buscarlo, siempre resultaba sumamente infructuoso.

Un día, preguntando por el señor ‘Octavio’, me dijeron que llegaba después de la 1:00 de la tarde, que debía salir y hacer la cola correspondiente a la de la tarde. Resignada, hice por segunda vez aquella fila que se enrollaba como un caracol.

Tres horas después, logré entrar de nuevo al edificio y, para mi sorpresa, me informaron que ‘Octavio’ estaba de vacaciones. Nadie me podía atender, él era quien llevaba mi caso.

En ese momento, no paré de llorar de impotencia.

Eran casi las 5:00 pm y poca gente quedaba en las oficinas. Seguí insistiendo y buscando al tal ‘Octavio’, hasta que finalmente logré hablar con él. No estaba de vacaciones como me decían.

Le expresé mi situación y me dijo que era muy tarde para hacer algo por mí, que fuera otro día. Fue tanto lo que le insistí que finalmente accedió. El funcionario público le pidió a su secretaria que redactara un documento en el que hiciera constar que yo había ido a la institución arreglar mis papeles.

—‘¿Cómo se llama la ciudadana?’, le preguntó la empleada a su jefe mientras transcribía la constancia. A lo que Octavio respondió:

— ‘No escribas ciudadana, coloca señorita… Ella no es nadie, no tiene identificación’.

Han pasado casi 10 años y la ácida frase del funcionario sigue retumbando en mis oídos, pero ahora lejos de mi hija, de mi madre, de mis hermanas, del resto de mi familia y de la tierra donde crecí.

En vista de que en todos esos intentos no obtenía una respuesta seria y estaba indocumentada en mi propio país, decidí acudir hasta la embajada americana en Caracas.

Como nací en Estados Unidos y aunque mi madre me llevó a Venezuela a los pocos meses de nacida, sabía que tenía un pasaporte estadounidense que me acreditaba como ciudadana de ese país. Para mi desgracia, estaba vencido desde 1986. Esa parte de la historia la llamo ‘limbo migratorio’. Como la canción de Arjona: ‘No es de aquí porque su nombre no aparece en los archivos, ni es de allá porque se fue’.

Mi sorpresa fue que en la embajada de EE UU me exigían un documento venezolano vigente y por supuesto no lo tenía. Poco después, con mis papeles de nacimiento americano y los de Venezuela, finalmente pude probar que tenía la doble nacionalidad y lograr al menos un documento que confirmara que era ciudadana americana.

Sin embargo, contar con mi pasaporte estadounidense no solventó del todo mi problema.

En Venezuela no podía ejercer mi profesión de licenciada en educación preescolar, pues, al no tener cédula de identidad, era muy difícil conseguir un trabajo digno, solo optaba por trabajos tercerizados y bajo las condiciones del empleador.

Por supuesto, ninguno de esos empleos me permitían devengar un sueldo para mantener a mi hija, ni a mi madre ni a mis tres hermanas que, en ese entonces, dos eran menores de edad, pues soy la hija mayor de cuatro hembras.

Era un drama estar ‘ilegal’ en mi propio país, por esto tomé la decisión de irme.

En 2014, en busca de una mejor calidad de vida, me fui a vivir en Estados Unidos, mi segunda patria. Lo más doloroso fue separarme de mi familia, pero aquí sí tengo identidad, a diferencia que en mi tierra donde estaba ‘ilegal’.

Actualmente, estoy residenciada en Fourt Lauderdale (Florida), donde trabajo en una conocida empresa y devengo dinero para mantener a mi familia.

Han pasado dos años desde que tomé esa decisión, la más difícil de mi vida, y aún sigo fuera de mi país… sin poder recuperar mi cédula de identidad venezolana y sin poder abrazar a mi única hija, a quien debido al mismo problema no he podido traer conmigo.

En 2015 viajé a Maracaibo y acudí un par de veces a la sede del Saime-Valle Frío. Afortunadamente, gracias a la gestión humana y preocupación de una funcionaria finalmente pude resolver lo de mi inclusión al sistema.

Era algo sencillo de solventar, solo hacía falta vocación y compromiso por el trabajo, gracias a Dios ella lo tenía.
Debía esperar unos días y luego regresar a poner mis huellas y tomarme la respectiva foto de la cédula.

Aunque casi una década después el número de mi cédula fue incluido en el sistema, no todo era tan feliz como parecía y surgió un nuevo problema.

Llegué a la oficina del Saime con la convicción que obtendría mi cédula, pero me dijeron que tenía una doble cedulación, cuando en realidad no tengo ninguno de los dos documentos.

Los papeles los enviaron una vez más a Caracas, el ‘único’ lugar donde pueden resolver el problema y me dijeron una vez más: ‘Debes esperar’.

Pasan los días, meses y las esperanzas por reencontrarme con mi hija se desvanecen poco a poco mientras las opciones de viajar al Zulia se reducen cada vez más. En diciembre, mi cumpleaños número 33 al igual que las Navidades y otros eventos especiales, fueron tan tristes como lo son para mí y los míos los 365 días del año.

Cada día le ruego a Dios encontrar una luz en el camino… clamo por el derecho a la identidad… porque existan funcionarios con vocación de servicio que resuelvan mi caso para reencontrarme con mi hija.

Me niego a repetir diez años más de ‘peloteo’ y de viajes infructuosos… Me niego a pasar más días y noches llenas de soledad y tristeza y, lo más doloroso de todo, de no poder ver crecer a mi pequeña, quien todos los días llora mi ausencia”.

PN