Humor y ciudadanía ; Por Laureano Márquez

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marzo 11
/ 2016

Dos conceptos aparentemente distantes. Reflexionemos sobre su conexión. Que fastidio cuando un humorista se vuelve reflexivo y no gracioso, cosas del mal tiempo que vivimos. Hace poco luego de una presentación, alguien me cuestionó en las redes que en mi presentación hablaba mucho del país, que me refería demasiado a la política y a la situación actual de Venezuela, que en verdad ese espectador que me escribió había ido a reír despreocupadamente y no a que le recordara la angustiante situación que padecemos. Como sucede con todas las críticas hechas con respeto y fundamentación, te ponen a pensar y a cuestionarte con la misma intensidad que los insultos te refuerzan en la certeza de que transitas el camino correcto.

Varias cuestiones surgieron en mí al respecto:

¿Tiene función el humor? O simplemente tendría que concentrarse en la pura risa sin fijar posición, comprometerse ni tomar partido en la situación que padece el humorista o sus congéneres. Examino a los humoristas que más admiro Zapata, Aquiles Nazoa y Chaplin: todos se comprometieron y mucho. Nadie está obligado a comprometerse y no es mejor ni peor por ello, pero tampoco es malo comprometerse. Más aun, no hay manera de no comprometerse, porque cuando uno selecciona unos temas y evade otros, eso ya es una forma de fijar posición. En otras palabras el humor no político también es político. Guardar silencio también es tomar partido.

¿Es el humor válvula de escape o por el contrario estimula el descontento ciudadano frente a las inconsistencias del poder? Puede ser ambas cosas: el humor puede ser un enemigo incontestable del poder, porque lo deja sin argumentos. Frente a la fuerza demoledora del ingenio solo cabe la descalificación o la sanción: “Zapata: ¿Cuánto te pagaron por esto?”. Sin embargo, se cuenta que la antigua KGB en la URSS tenía un departamento de chistes que los ponía en circulación para aliviar las tensiones acumuladas en la sociedad soviética. Luego el humor puede ser ambas cosas dependiendo de la contundencia, el ingenio y el compromiso ciudadano con el cual se ejerce.

¿Puede el humor hacernos mejores ciudadanos? Definitivamente creo que sí. En primer lugar la crítica ejercida con humor nos vuelve tolerantes, porque el humor llega por otro camino diferente al cerebro que el cuestionamiento hecho desde la gravedad. De hecho la fuerza del humorismo radica en el componente de verdad que encierra. Un humorismo basado en la mentira no causa gracia. Igual que tampoco causa gracia un humor hecho a favor del poder, porque irremediablemente produce la sensación de adulación y no hay cosa peor que un humorista adulante del poder.

¿Como ciudadano por qué hago humor?

Porque quiero tener un mejor país en el cual el dólar a 200 no sea una emoción porque vamos a seguir ganando plata mientras viajamos a costa del bienestar de nuestros conciudadanos. Es decir, porque deseo que la ruina del país no sea la causa de nuestro éxito.

Porque quisiera contribuir a mejorar el conocimiento de nuestra historia y cultura. Creo en el intelectualismo ético: creo que la gente inteligente siempre busca el bien. Admiro la inteligencia y debemos propiciarla.

Por último hago humor porque creo que es una extraña y misteriosa forma de amar, como diría Cabrujas. Una manera de cuestionar a los que hacen mal las cosas, a los que sin el humorismo tendríamos la debilidad de odiar, como dice Pocaterra en sus Memorias de un venezolano de la decadencia, cita esta última hecha sin alusión alguna al tiempo que vivimos. No seamos tan egocéntricos en nuestro tiempo que aquí decadencia ha habido casi siempre.

Por último, la ciudadanía se refiere a nuestra relación con el cumplimento de las normas, con el cumplimiento de deberes y el ejercicio de derechos. Creo que el sueño de todos los humoristas en el fondo es un país serio en el cual los ciudadanos internalicemos nuestros deberes y tengamos la contundencia y dignidad suficiente para exigir nuestros derechos frente al abuso del sempiterno grupito de los poderosos, a los que una palabra de origen griego denomina oligarquía.