Hoy se cumplen dos años del reinado de Felipe VI

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junio 19
/ 2016

El día en que, hoy hace dos años, el Rey juró la Constitución, su máxima preocupación era que los españoles corrieran un tupido velo sobre los recientes traspiés de su real familia, y que le aceptaran como un preludio de la renovación por la que ya venía clamando el país. Aquel día, en el que el Rey Juan Carlosapenas se dejó ver en el balcón del Palacio Real, la primera y verdadera prueba de Felipe VI no fue ni la austera ceremonia, ni el maratón del besamanos político-social, sino el recorrido en coche descubierto por la Gran Vía, que le obligó a palpar la temperatura.

Tratándose de un país de tan accidentada y menguada tradición monárquica, aquella fue con creces una prueba superada. Pero lo cierto es que desde entonces, y pese a haber ido ganando en popularidad, contadas han sido las ocasiones en que el nuevo Rey se ha expuesto ante las multitudes. Y eso que ha venido cosechando algunas ovaciones. No había más que ver el recibimiento que, hace apenas un mes, les dispensaron a Don Felipe y a Doña Letizia los vecinos del pueblo manchego de Tomelloso.

En todo caso, en estos dos primeros años de reinado ni el sello del nuevo Monarca ha sido la campechanía ni su prioridad ha sido la calle. Desde junio de 2014 hasta junio de 2016, Felipe VI se ha ocupado de lavar la imagen de la Casa y de consolidar su relación con las instituciones, convirtiendo lo primero en lo urgente y lo segundo, en lo importante.

La retirada del ducado de Palma a su hermana, la Infanta Cristina, días antes de que la Audiencia le abriera juicio oral por el caso Nóos, constituyó el acto de blindaje más certero y astuto del Monarca, justo en el primer aniversario de su proclamación.

Comparado con ello, y con el inédito desmentido que la propia Casa del Rey hizo a la ex duquesa cuando ésta argumentó que la renuncia al título había sido a petición propia, las reformas internas se quedaron pequeñas. Ni el despido del secretario de las infantas, ni la aprobación del nuevo Código ético de los empleados de la Casa, ni la prohibición de hacer negocios a los miembros de la Familia Real, ni el encargo de una auditoría externa sobre las cuentas, ni la publicación de la lista de regalos obtenidos y de su correspondiente destino… Nada como la fría y terminante ruptura institucional con su hermana le valió al joven Monarca para hacer creíbles sus recurrentes promesas de ejemplaridad y sus llamadas al rearme moral.

Discursos que le condujeron, también hace unos meses, a otras rupturas con amistades peligrosas como la del empresario Javier López Madrid, tras su imputación en un caso de corrupción y la publicación de unas escandalosas escuchas telefónicas.

Claro que si el Rey hubiera seguido cultivando fuera de foco estas relaciones personales y familiares, poco o nada se sabría. Tal es el férreo blindaje que el Monarca ha establecido sobre su vida privada, ayudado por los propios servicios de la Seguridad del Estado. De las vacaciones, las escapadas, las salidas en pareja o en familia, los españoles sólo han conocido lo que de manera expresa la Casa ha querido que conocieran. Y es que la amabilidad y máxima corrección del personaje que el Monarca ha construido de sí mismo y en el que mejor se reconoce, se compatibiliza con la distancia y la autoridad del más alto y primer funcionario del Estado, escrupulosamente cumplidor y celoso de su privacidad.

Todo lo que no es Familia Real, son considerados parientes lejanos por los que hay que preguntar en otra ventanilla que no sea La Zarzuela; aunque sean primos hermanos y figuren en los papeles de Panamá. De la misma forma, todo lo que no esté en agenda es privado, siendo el 80% de lo que ésta incluye, actos estrictamente institucionales. Tanto es así que aquellas apuestas del arranque de reinado con las que, junto a la Reina Letizia, pareció querer conectar con las nuevas generaciones y grupos sociales menos arraigados, han ido decreciendo con el tiempo.

Y es que, yendo ya de lo urgente a lo importante, se diría que la seriedad -la rigidez a veces- de Felipe VI ha suplido a su inexperiencia en unos momentos especialmente críticos y cambiantes en España. Joven y más preparado que efectivamente rodado, el nuevo Rey se ha ido transformando en este corto tiempo en el único símbolo perenne del Estado.

No en vano, un tercio de su incipiente reinado ha debido ejercerlo sin Gobierno. Una situación que aún podría prolongarse. De hecho, las fuentes consultadas cerca de la Casa no ocultan su preocupación por el resultado del 26-J. Más en concreto, sobre la posibilidad de que ni siquiera esta vez pueda formarse un Ejecutivo y haya unas terceras elecciones.

La apuesta institucional del nuevo Rey -que dejó muy clara desde su discurso de proclamación: «Soy el primer Rey constitucional», remarcó- le resultó muy rentable en los meses de desfile de candidatos a la presidencia del Gobierno, que se representó por dos veces ante La Zarzuela. Pese a los numerosos cantos de sirena que le animaban a mediar en los acuerdos, el Monarca se ciñó a la letra de la Carta Magna, que reduce su intervención institucional a la de mero oyente y proponente.

Un papel ciertamente modesto, en comparación con el de otros colegas europeos; en particular el del rey de los belgas, a quien sus súbditos reconocieron de manera explícita el trabajo de desbloquear la más larga crisis de Gobierno de la reciente Historia europea. Un papel, no obstante, que el hijo de Juan Carlos I ha defendido en los últimos meses a capa y espada. Traducido: hasta el punto de ejercerlo en dirección contraria a la pretendida por el presidente del Gobierno en funciones y primero de los políticos a los que el Rey ofreció la candidatura. Un episodio sobre el que ya se han escrito algunos ríos de tinta (Ver EL MUNDO 1-V-16 ) y que le granjeó el particular elogio de la izquierda. Un éxito no menor, cabe recordar, para el biznieto de Alfonso XIII, cuyos errores históricos pudo estudiar a conciencia su sucesor durante largos años de formación.

Y es que existe un segundo motivo de inquietud en el entorno de la Casa, ésta nunca confesada, sobre el singular y poderoso avance de Podemos; algo más que un futurible en el horizonte político, que el metódico y concienzudo Monarca ha tomado en serio desde el primer momento.

Felipe VI ha cuidado sus relaciones con Pablo Iglesias con absoluta pulcritud. Facilitó un encuentro con él en la sede del Parlamento Europeo cuando ya era hiperpopular -cuando le regaló los ya célebres CD de Juego de tronos-, pero no le recibió en La Zarzuela hasta que no fue bendecido por las urnas como diputado y candidatable a la presidencia. Y ya en su terreno, Don Felipe aguantó el tirón de las faltas protocolarias del joven político -el tuteo, la camisa arremangada…- sin un solo rictus de contrariedad. Un trabajo hecho a conciencia -a juzgar por el respeto con que desde entonces se expresa Iglesias acerca del Monarca-, posiblemente equiparable al que su padre hizo en su día con Carrillo. Igual de escrupulosas pero más incómodas han sido sus relaciones con el nuevo Ejecutivo catalán. A Artur Mas, a quien le unía una rara química, Don Felipe le tenía ya tomada la medida. En su sexto mes de reinado, -en una de sus frecuentes visitas a Cataluña, a la factoría de la Seat-, el Rey se las apañó para conducir un coche yacomodar al sonriente presidente de la Generalitat en el puesto de copiloto. Una imagen simbólica sobre la unidad y la jerarquía en las relaciones entre el Estado y la Comunidad Autónoma.

Claro que conforme crecía el órdago soberanista, los gestos del Monarca fueron variando. Nada más cumplir su primer año como Rey, Felipe VI le recibía en Zarzuela con gesto severo, mientras el político bromeaba: «Vengo en son de paz».Pero la situación fue a peor en enero de este año, porque el Monarca vivió un arranque de legislatura algo más accidentado con el nuevo Parlament y el mandato de Carles Puigdemont. Y es que el jefe del Estado apeó a la presidenta de la Cámara del privilegio -que no la norma- de recibirla en Palacio para oficializar el cambio de Gobierno autonómico.

De nuevo, y al precio que fuera -no le faltaron críticas- el Monarca se mantuvo en su sitio. Tan en su sitio que -al igual que ocurrió con el trámite de consultas tras el 20 D-, un mes antes había decidido desoír las llamadas a su intervención frente a la declaración independentista del Parlament. Algunos llegaron a tentarle con hacer de esta ocasión histórica un blindaje semejante al que su padre, el Rey Juan Carlos, disfrutó a raíz del 23-F. Felipe VI apenas se hizo unas fotos en el despacho como testimonio gráfico de su función vigilante, pero esperó tres semanas a la anulación unánime de la Declaración por parte del Constitucional.

En los dos años transcurridos, pocos han sido los síntomas que permitan asimilar su reinado al de Juan Carlos I. Al decir de todas las fuentes, el nuevo Rey es algo más frío pero mucho más organizado; menos relaciones públicas, pero más profundo conocedor de los temas; más aconfesional, y forzosamente menos viajado… Pero no ha habido rupturas de ninguna clase. Por más político que esté resultando el nuevo jefe del Estado, no es propio de una dinastía moderna matar al padre. Más bien al contrario, paso a paso, Felipe VI está rehabilitando a Juan Carlos I.