Ex viceministro chavista: “Ramos Allup y Héctor Rodríguez son caimanes del mismo pozo”

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marzo 05
/ 2016

Roland Denis, quien fue viceministro de Panificación de Hugo Chávez, señaló en su artículo de opinión publicada en la página chavista Aporrea.com que el presidente de la Asamblea Nacional (AN), Henry Ramos Allup, y el jefe de la bancada de la patria, Héctor Rodríguez, “son caimanes del mismo pozo”.

Según indica, a Héctor Rodríguez le están haciendo lo mismo que hicieron “los adecos cuando criaron luego de las verdaderas luchas contra la dictadura, sus jóvenes políticos de oficio y allí encontraremos uno de sus más destacados que fue en su momento Ramos Allup”.

Sostuvo que el diputado chavista “estará viendo que su carrera se puede venir al piso con la debacle del chavismo, llorando las aspiraciones al trono que seguro ya tendrá pero jamás conseguirá”.

Añadió que que todo “se está negociando, desde la presidencia hasta los intereses particulares de cada uno de los chivos mayores de ambos bandos, pero cada quien como comerciantes que son, de ilusiones aparentemente contrarias (la conservadora, la revolucionaria), necesitan verse confrontados ante los ojos de la masa idiotizada, empobrecida y necesitada como nunca”.

A CONTINUACIÓN EL TEXTO ÍNTEGRO:

Años atrás, por allá en el año 1983, en Argentina se desmoronaba la dictadura y le sucedía la “democracia”. El Partido Radical toma el poder y la Hebe de Bonafini (lideresa de las madres de Mayo) decía: “Videla y Alfonsín son lo mismo”. Por supuesto eso causó un revuelo en la sociedad, gentes y gentes se decían: “como puede ser posible que un dictador causante de un genocidio de 30 mil personas sea lo mismo que un demócrata que restituya la democracia en Argentina”. Formalmente hablando las gentes tenían razón, se situaban en la línea de la salvación acudiendo a los formatos que el orden mundial capitalista concedía; la dicotomía dictadura-democracia. Pero a la madre no le interesaba tanto lo que representen en general los personajes del poder y mucho menos los límites del orden que representaban. Lo cierto es que si Videla comenzó ese horrendo genocidio, luego Alfonsín con su política de “punto final”, no eran más que un juego entre dos caras de la misma moneda: uno ejecuta, y el otro “en función de la paz”, perdona todas las partes del conflicto (no importa lo que la Bonafini en su propia debilidad luego cuadró con la ilusión de los Kirchners y su populismo, lo cierto es que dijo cosas cruciales a la comprensión de algo que vaya más allá de los “políticos” y los límites de su orden).
Pero eso fue Argentina, donde solo una mujer de la talla de la Bonafini se atrevió a decir eso; rompió la política de la burguesía y realmente se sitió en el dolor de los pueblos. ¿Y qué pasa entre nosotros?… Sin darnos cuenta, al igual que la Argentina también tuvimos que vivir nuestro propio dolor, cosa que no interesa o sobra recordar sobretodo en estos días que se rememora el 27 de Febrero. La historia pasa y entre tanto se va recomponiendo un estamento de “políticos”, que son quizás la figura instrumental más importante de la burguesía a la par de sus grandes gerentes corporativos.

La sociedad burguesa, y mucho antes de ella (ya en la Grecia antigua o mucho mas atrás con los primeros Estados Sumerios, se comenzaron a descubrir estos asuntos) es tal en la medida en que pudo crear condiciones para a división social del trabajo, y de allí el orden histórico de la opresión y la desigualdad. Hay en definitiva obreros de la construcción, vendedores de de seguros, como hay “políticos” ( Videla a la final era tan político como Alfonsin, juega también a la muerte y la negociación en situaciones distintas). Todos ellos o ellas son piezas claves en un mundo donde en definitiva lo que importa es defender el régimen de propiedad y su representación política. Cada quien representa un hilo dentro de los meandros del sistema que le son funcionales al orden dominante.

Pero existe jerarquía dentro de ellos, y por tanto privilegios statutarios y económicos. No es lo mismo un vendedor de seguros (que puede o no ser muy exitoso) que un “político” que vende su imagen y promesas de redención y progreso a la sociedad. Cada uno de ellos busca el reconocimiento social como es obvio dentro de una sociedad consumista y de espectáculo. ¿Pero en función de qué?. Mientras un vendedor de mercancía cualquiera –su fuerza bruta de trabajo en primer término- hace lo que inventó hace al menos tres siglos el orden de explotación capitalista: buscar a como de lugar vender su cualidad humana más básica, el “político” por supuesto que vende algo de sus virtudes sinérgicas sustentadas en la palabra y la seducción mediática; cobran sueldos, comisiones, disfrutes, estupendos por ello (y hacen política de mercado para ello), pero además, vende sus cualidades en función de garantizarles a los poderosos, es decir a los grandes propietarios, la capacidad de legitimar su orden de explotación a través de los organismos de “representación popular” y el dominio del Estado. Eso no lo puede hacer ningún vendedor sino él.

Esta particular importancia del “político” hace que el orden de los propietarios ponga particular importancia en sus personajes y derive cantidades de dinero para mantenerlos en vigencia. Solo estudiar la cantidad de dinero que cualquier político de prestigio recoge en EEUU o Europa para tomar consciencia de ello y de su particular importancia dentro de la división social del trabajo creada en el capitalismo, en la producción material como en la superestructura político-ideológica.

Cuando se subjetiviza la política, es decir aparecen en determinada época de la historia seres que dicen ser “políticos de oficio”, y se desarrolla el arte de la experticia en “representaciones” (no de empresas sino de la sociedad en su conjunto) aparte de destrozar el concepto originario de la política como “el asunto de la polis” aristotélica, proceden a crear una de las ficciones más cínicas de la democracia burguesa: los que venden la promesa laica de la felicidad en la tierra, así como el sacerdote vende la promesa del cielo. A ello se dedican dentro de una esfera del poder constituido estructurada solo para ellos y ellas. Allí no hacen otra cosa que chuparse día a día la soberanía popular convirtiéndose en comerciantes cuyo fin particular, en principio (a la final totalmente burlado), no es la acumulación de riqueza, sino la acumulación de poder, ¿poder para qué?, para garantizarles a los acumuladores de riqueza un orden estable. El círculo holístico de los oficios, el Yin y el Yan perfecto para mantener la ficción necesaria e idiotizante sobre la gran masa de dominados que somos casi todos y todas.

Ramos y Rodríguez caimanes del mismo pozo

Una de las cosas mas tristes dentro de esto que ya hace tiempo dejo de ser “un proceso” revolucionario real, es que en medio del camino, la jerga burocrática, en particular los viejos políticos de oficio, ligados al chavismo, vieron con mucha audacia no solo la cantidad de elementos por los cuales tenían que pasar para proceder a activar la conspiración desde dentro de la revolución popular en curso, sino a favorecer la creación de esta nueva generación de “políticos de oficio”; carajitos y carajitas que no estuvieron ni siquiera en los hechos de de la defensa revolucionaria estructurada en todos los años 2002-2003 (última epopeya masiva revolucionaria que hemos vivido). En fin, que no han participado ni en lo pequeño ni en lo grande de ninguna acción real transformadora, ni ningún esfuerzo de los muchísimos que esto supone; son los niños consentidos de la burocracia conspiradora. Nicolás terminó de ser el trampolín final de todos ellos y ellas, creando finalmente un nuevo estamento plutocrático “joven, chavista, revolucionario”, que vende la ilusión de la revolución eterna, del comandante eterno, de la defensa de ella, de ellos como juveniles representantes de esta ficción, cuando no son más que los hijos e hijas, los discípulos directos de sus grandes conspiradores internos.

El símbolo perfecto de todo este movimiento es sin duda Héctor Rodríguez, que si a ver vamos, están haciendo con él exactamente lo mismo que hicieron los adecos cuando criaron luego de las verdaderas luchas contra la dictadura, sus jóvenes políticos de oficio y allí encontraremos uno de sus más destacados que fue en su momento Ramos Allup, cuarenta años antes que Héctor Rodríguez. Ya a estas alturas podemos decir que se trata de caimanes de un mismo pozo, de una misma estructura subjetiva, de un mismo oficio e interés de clase, hasta de una misma historia. El oficio que se dedica a destruir el sentido auténtico de la política como asunto de todos, como pensamiento y acción decida colectivamente en función del bien común. Ramos Allup ya viejo, necio, pesado, pero muy elocuente e inteligente, concluye en vías del apoteosis su carrera de “político”, siendo el que negocia hoy el fin de la revolución bolivariana –aunque solo quede en símbolos-, y la milagrosa sobrevivencia adeca, con buenas posibilidades de quedar si no en el trono presidencial al menos muy cerca de él. Héctor Rodríguez, sin duda nervioso, estará viendo que su carrera se puede venir al piso con la debacle del chavismo, llorando las aspiraciones al trono que seguro ya tendrá pero jamás conseguirá.

Ambos simbolizan una confrontación falsa que hoy se juega en este quiebre aparente del poder constituido. El quiebre entre Asamblea y Ejecutivo bajo la utilización instrumental del TSJ a favor del ejecutivo. En realidad todo esto se está negociando, desde la presidencia hasta los intereses particulares de cada uno de los chivos mayores de ambos bandos, pero cada quien como comerciantes que son, de ilusiones aparentemente contrarias (la conservadora, la revolucionaria), necesitan verse confrontados ante los ojos de la masa idiotizada, empobrecida y necesitada como nunca.

Se trata en definitiva de la misma gente, del mismo juego de intereses, en vista a la recreación de un pacto que permita restablecer la “legitimidad del oficio de la política”, que es la legitimidad de un orden opresor dominante. Un orden conservador, corrupto, dependiente, liberal, donde el trono estatal y los representantes o vendedores de política, definitivamente vuelva a jugar el papel que le concede la historia: el garante de un orden terriblemente desigual y en nuestro caso profundamente colonizado.

Vaya en ese sentido mi reconocimiento entre otros, a viejos comandantes revolucionarios como lo son Carlos Betancourt y Carlos Lanz (independientemente de mis grandes diferencias sobretodo con mi hermano Carlos Lanz), absolutamente ligados a esta última historia “bolivariana”, ya que se trata de hombres para quienes la política jamás constituyó oficio personal alguno. La política revolucionaria, y allí está su ejemplo, es la construcción de una posibilidad, de un sujeto, de un espacio, de un acontecimiento, de un programa, hasta de una guerra, que permita abrir los caminos de la emancipación. Jamás se subjetiviza, por el contrario, la política es un acto de quiebre, una praxis de ruptura sobre las realidades que nos toca vivir y enfrentar, es un hecho colectivo que se prefigura desde el pensamiento y va a la batalla de la liberación. La política es siempre una razón que ha de hacerse de todos y todas, de lo contrario fracasa y pierde su batalla. Espero que lo que ha sido la vida y el ejemplo de estos dos verdaderos comandantes de la lucha inspire nuevas generaciones de muchachos y muchachas que no quieran dar la historia por perdida y hoy comienzan a aprender y prefigurarse un nuevo camino libertario.

APR/SM