Este es el hombre más feliz del mundo (Fotos)

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febrero 28
/ 2016

La gente sólo quiere ser feliz para poder contarlo. No lo digo yo, lo decía algún visionario en redes sociales hace sólo unos días. Y en internet, además de faltas de ortografía, a veces, también hay verdad. Quizás por eso, cuando Tommy Franklin se presenta a nuestra cita con barba de tres años, un atuendo pintoresco y sonrisa hollywoodense, es fácil mostrarse reticente a comprar el producto. Y entiéndase por producto ni más ni menos que su felicidad. Porque este australiano de 32 años ostenta el -cuanto menos difícil- trono de ser el hombre más feliz del mundo.

”¿El más feliz?”, le pregunto. Y él se ríe. Se ríe mucho. Eso debería de ser un sí. Pero no, resulta que él opina que no. “Soy un hombre feliz, pero no sé si el MÁS feliz”, responde. “No conozco a todas las personas del planeta para estar seguro”.

Pues vaya. Aunque bien pensado, ¿contaría el verdadero hombre más feliz del mundo que lo es? Casi seguro que no. La paz interior y esas cosas.

¿Por qué, entonces, tiene el mundo tanto interés en etiquetar a este barbudo con pinta de hipster y alma de hippy? La culpa, como casi siempre, la tiene la televisión. En este caso un reality de talentos: Australia’s Got Talent. Fue allí, hace tres años, donde Franklin mostró por primera vez su don al mundo: el ya mencionado regalo de su felicidad. Y triunfó. Al fin y al cabo, a todo televidente le apetece pasar un buen rato, ¿no? En Australia, por lo pronto, sabemos que gusta bastante -si además, como en este caso, hay una historia de superación por medio, aún más-, porque Tommy terminó entre los 12 finalistas del programa tras batir a otros 60.000 aspirantes.

Y como la felicidad, al igual que las grasas saturadas, adopta muchas y variadas formas, en el caso de Tommy lo hizo en forma de danza. Danza de la lluvia y no de cualquier lluvia… pero llegaremos a eso más tarde. Lo importante ahora es que el hombre más feliz del mundo baila. Y baila mucho. Ésa es precisamente su marca personal: bailar con todas las extremidades, con todo el ímpetu, con espasmos y una sonrisa. Ver bailar a Tommy Franklin es querer irse de fiesta. Él es la rave definitiva.

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“Hay muchas cosas que me hacen feliz”, dice. “Pero hay algo en concreto que siempre me pilla por sorpresa. Cuando empieza a sonar buena música, no importa dónde esté ni la situación en la que me encuentre, simplemente dejo lo que esté haciendo y empiezo a moverme. Lo hago porque pienso que tal vez sea mi última vivencia y así es como quiero vivir mi vida. Momento a momento”.

Y no se puede negar que disfruta del instante. Ni siquiera el bastón que lo acompaña para paliar una lesión de rodilla tiene sentido una vez que empieza a sonar la música de los altavoces que siempre le acompañan. “Camino con extremidades, bailo con alas”, repite en más de una ocasión como única y críptica explicación a esa transición de cojera a doble salto mortal.

La energía es contagiosa y quizás por ello, ahí mismo, durante nuestra cita en El Retiro, pasan cosas tan gráficas como desconcertantes: las palomas le rodean -literalmente-. A lo lejos hay un perro que también se acerca. Se separa de sus dueños y se va directo hacia Tommy, que lo rasca, lo acaricia y se ríe.

Sí que parece bastante feliz.

Luego, ante un grupo de adolescentes en un banco, Franklin se pone a bailar. A estos no los rasca, pero también se parten de risa. En el semáforo, un autobús pita. Dentro, el conductor y dos pasajeras saludan desternillados.

La verdad es que yo también sonrío. Mierda, tenían razón. Su felicidad sí que se contagia.

Un policía a caballo lo ha reconocido y bromea con él mientras -por supuesto- él acaricia a su animal. Su planta es difícil de confundir. De hecho, es probable que, al verlo, también ustedes sientan que no es la primera vez que ven esa cara. Puede haber pasado incluso que al observarlo les haya apetecido comprarse una impresora nueva. O una tablet. Porque Franklin ha conseguido convertir su felicidad en un reclamo publicitario y, efectivamente, el barbudo es el del anuncio de Media Markt.

Y no es casualidad que el gigante de la distribución lo haya escogido como imagen de su última campaña: la culpa de todo esto la tiene un iPod. Ya me había advertido él de que no era tan hippy. “En realidad, es gracioso cómo es cierto que ser feliz cuesta muy poco. Hace años, hablando con una amiga, me comentó que había visto a una chica con su iPod bailando sola calle abajo. Me explicó que llevaba un vestido largo y gafas grandes y parecía estar pasándoselo en grande. Debía de estar escuchando Bob Marley o algo así. ‘¡Yo también quiero hacer eso!’, le dije. Así que me compré un iPod y le pedí a alguien que pasase la música por mí, porque yo no tenía ordenador”, cuenta entre risas.

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Y ahí que se fue. “Igual que unos días me iba al cine con amigos o a patinar, otros me iba a la playa de Byron Bay (Nueva Gales, Australia) a bailar”. Luego le llegó la fama gracias a que miles de testigos anónimos de sus performancescomenzaron a colgar vídeos en YouTube. “Ya me había convertido en un personaje bastante conocido en Australia, así que mis amigos me animaron a presentarme al programa. Me decían: ‘¡Tío, Australia te quiere!’. Al principio no me hacía ninguna gracia ofrecer algo que me había aportado tanta felicidad a un jurado que podría decirme que no era lo suficientemente bueno; pero no tenía mucho trabajo en aquel momento y pensé que me ayudaría a abrir puertas”.

Y sí, unas cuantas sí que abrió. Porque de tener hasta tres trabajos para poder pagar las facturas (desde uno en una fábrica de pollos, a otro como nanny de seis niños), ha pasado a dar cursos de baile en colegios, charlas motivacionales y actuar en festivales ante miles de personas. Eso, sin contar las campañas publicitarias.

EM