Estas son las vitaminas que necesitas para ser feliz

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junio 02
/ 2016

Hoy vivimos en un mundo que apela al consumo para llenar el vacío existencial en las personas. Cada vez más la gente se “llena” de cosas creyendo que con tener la última generación del teléfono celular o de la tablet, o de cualquier objeto electrónico, será mejor persona o va a ser mirado o aceptado entre su grupo de amigos, en el ámbito laboral y en cualquier círculo en el que se desenvuelva. De este modo se vive en una confusión de valores, donde ya nadie, o muy pocas personas, tratan de enriquecerse por dentro, dándole un sentido a sus vidas.

Todos tenemos sueños, aspiraciones y metas y deseamos concretarlos; sin embargo, deberíamos preguntarnos si en esa búsqueda de conseguir un ideal no nos perdemos en la ruta que nos conduce a la trascendencia. Esto no significa que debamos dejar de hacer cosas o de tener o bienes materiales, sino de reflexionar sobre ¿qué beneficios me traerá a mí, o a los miembros de mi familia?, ¿esto nos alejará o nos acercará como familia?, ¿me favorecerá solo a mí o me hará mejor persona para ayudar a otros?, ¿contribuye a mi riqueza espiritual?

El deseo de tener bienes no es malo en sí mismo, sino que puede desviarnos de la mirada de lo eterno y de lo gratificante. El camino que enriquece el ser puede presentarse duro, doloroso o difícil de recorrer, pero revela que si seguimos a pesar de los obstáculos nuestro ser se transformará, y nos va a permitir vernos y descubrirnos como seres humanos capaces de ir en busca de un sentido que va más allá de las cosas que se rompen o dejan de funcionar.

El camino que nos conduce al ser siempre nos lleva a las cosas que perduran más allá de la muerte. ¿Puede una nueva versión de iphone llenar más nuestras vidas que la sonrisa de nuestros hijos?, o ¿acaso puede más que el abrazo de esa amiga que estaba atenta a nuestro dolor y con su visita ya nos cambió el ánimo?, ¿vale menos un atardecer en familia que una tablet? Estas son algunas de las interrogantes que podríamos hacernos más a menudo antes de pensar en llenarnos de cosas y de actividades.

Una persona que es madura, auténtica y sana, no es aquella que está centrada en sí misma, sino que está también siempre interesada por los que la rodean y el mundo, ya sea a través del servicio o de algún acto de amor. En este sentido, déjame compartirte algunas vitaminas que enriquecen nuestro ser:

De la creatividad

Junto con tus seres queridos, elabora una lista de aquellas cosas que son prioritarias en tu vida y te llenan de felicidad; concreta, cada semana, por lo menos dos de ellas. Confecciona una cartelera o una cartulina y colócala en tu oficina, o en el lugar donde pases más horas al día, con una frase o imagen que te recuerde tus tesoros afectivos; por ejemplo, una fotografía de tus hijos mientras juegan en el jardín, con la frase “Hoy es un día especial para abrazarlos”.

De la interpelación

Pregúntate, antes de comprar algo nuevo o de querer llenarte de actividades fuera de tu hogar, ¿qué seré a partir de esto?, ¿me ayudará en mi camino hacia lo eterno?

De la meditación

Al despertar, dedica cinco minutos cada día para meditar, lee un pasaje bíblico o un pensamiento inspirador e imita a las vacas, rúmialo, saboréalo y siente que la eternidad comienza aquí y ahora.

Del contacto con la naturaleza

Abre una ventana donde quiera que estés, mira el paisaje a tu alrededor; si nada del paisaje es natural busca la manera de tener un pequeño jardín aún en macetas o a la hora del almuerzo sal a caminar y observa el color de las hojas de los árboles, respira suave y profundamente y di para ti: “Gracias por este minuto de infinita misericordia”. Al llegar a tu casa cuéntale a tu familia los matices del verde que has descubierto, o lo bello de la brisa en tu rostro.

Del espejo

Comprométete con tu ser, mírate al espejo cada día y ama a esa persona que está frente a ti, porque es única, irrepetible, irremplazable, y, sobre todo, tiene talentos que descubrir; ningún objeto o actividad puede valer más que ella.

De la entrega

Ama, sueña, entrégate a una causa; sirve, da de ti, no necesitas dinero para ello; abre una puerta, sonríe a un niño enfermo, acaricia la mano de una anciana, pasea la mascota de un vecino, acompaña a tu amiga al médico o simplemente quédate al lado de alguien que te necesita. ¿Has hecho la limpieza de tu altillo, de tu garaje o de tu ropero? Siempre hay un objeto que otro necesita, repáralo si es necesario o envuélvelo en un lindo papel y déjalo en la casa de alguien que sabes que lo necesita sin decir qué has sido tú. Todos siempre tenemos algo para dar.

Una vida que no es enriquecida es una vida pobre y vacía. Llenar nuestro ser es un camino arduo, pero nos salva de ser desdichados. Todos tenemos una misión en la vida, y alimentar nuestro ser es parte de ello; dejar un camino con nuestras huellas puede tener un alcance inimaginable y vale la pena desarrollar y alimentar nuestro ser interior, para vivir una vida satisfactoria y trascendente.

 

 

LP