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¡El caos! Sindicatos del transporte paralizan toda la ciudad de Buenos Aires

19 diciembre, 2016
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El habitual caos de tráfico de Buenos Aires empeora cada diciembre. Las altas temperaturas y el cansancio acumulado a lo largo de todo el año hacen perder los nervios con más facilidad a los conductores y a los pasajeros de los autobuses, que se desesperan ante los embotellamientos y los cambios de itinerario forzados por los frecuentes cortes de calles que realizan pequeños grupos de personas por las más variadas reivindicaciones. El Gobierno de Mauricio Macri prometió poner fin a esta situación y aprobó el pasado marzo un protocolo antipiquetes para que la policía despejase la calle con armas no letales. No lo ha cumplido y el colapso circulatorio se mantiene igual o peor un año después de que Macri llegase al poder. Hoy no fueron los piquetes sino los sindicatos del transporte quienes sumieron a la ciudad en el caos. Los gremios paralizaron la capital argentina en hora punta matutina para forzar al Gobierno a modificar el impuesto al trabajo conocido como Ganancias que pagan aquellos que cobran a partir de 19.000 pesos netos al mes (1.180) si no tienen cargas familiares o 25.000 (1.550 dólares) si las tienen.

La semana empezó sin metro, autobuses, trenes ni aviones. Decenas de miles de personas que dependen del transporte público se vieron afectadas y tuvieron que recurrir a un taxi, a algún conocido con automóvil o hacer filas kilométricas en las paradas de colectivo (autobús) a la espera de que alguno de los que comenzaron a circular a partir de las 07.00 de la mañana no fuese lleno hasta reventar y decidiese parar. El tráfico no comenzó a normalizarse hasta pasado el mediodía, cuando poco a poco todo el transporte volvió a funcionar.

Las huelgas de los poderosos sindicatos de transporte argentinos no incluyen servicios mínimos, como ocurre en España y otros países europeos. Hace dos semanas, el subte (metro) de Buenos Aires permaneció un día fuera de servicio en protesta por la muerte de un trabajador, que falleció electrocutado. A fines de octubre, pararon los trenes para exigir los reincorporación de 15 despedidos. En agosto de 2012, el subte permaneció diez días consecutivos interrumpido en reclamo de una subida salarial y mejoras laborales. Cerca de seis millones de personas se desplazan a diario en la red de transporte público de Buenos Aires y su área metropolitana y cada medida de fuerza les obliga a buscar alternativas.

“O algún Gobierno soluciona esto o teletrabajo para todos ya”, dice un diseñador que hoy excepcionalmente cambió la oficina por un bar del barrio porteño de Villa Ortúzar. Sabe que es un privilegiado y que no son muchos los que pueden seguir su ejemplo. “Es terrible, es un castigo a los trabajadores. Voy a perder el presentismo y tendré que recuperar otro día las horas que no hago hoy”, dice ante las cámaras una trabajadora de Merlo, en la periferia oeste de Buenos Aires, que calcula que tardará cerca de cuatro horas en vez de la hora y media habitual que necesita para llegar a su destino. “Paran los que más cobran”, lamenta un jubilado en la misma fila, que recibe una jubilación tres veces inferior al mínimo por el que se paga Ganancias.

Solo los asalariados mejor remunerados pagan este impuesto, menos del 20% del total, pero su modificación fue el gran caballo de batalla de la central obrera CGT en la recta final del kirchnerismo.

Macri se hizo eco del malestar y prometió durante la campaña electoral de 2015 eliminar el impuesto. “El Estado no tiene que quedarse con el fruto de tu trabajo. En mi gobierno los trabajadores no van a pagar impuesto a las ganancias. Ese es mi compromiso”, decía Macri en un vídeo electoral. La promesa se le ha vuelto en contra, ya que no le cuadran los números. En febrero aprobó una gran bajada de impuestos a la clase media, que duplicó el mínimo no imponible, pero los sindicatos sostienen que no es suficiente. Ante la negativa inicial del macrismo, movió ficha la oposición y el Gobierno negocia ahora contrarreloj para impedir que la rebaja de impuestos sea impuesta por ley contra su voluntad. Fuera, en la calle, la población agota con rapidez los últimos cartuchos de paciencia.