Dominicana o el diálogo como pecado ; Por Vladimir Villegas

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mayo 31
/ 2016

Si hay individualidades nacionales e internacionales, figuras como el Papa Francisco, países y organismos que han insistido en la necesidad de que tanto el gobierno y la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) asuman el diálogo y la negociación política como vía para solucionar de manera pacífica y en el marco constitucional los graves problemas que afectan al país y las diferencias entre las partes, no tiene nada de particular que se produzcan contactos tendentes a lograr que ese diálogo sea una opción real.

¿Qué tiene de malo el hecho de que a través de un facilitador, como es el caso del ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, se haya dado un contacto indirecto entre las partes? ¿Es un pecado imperdonable que se tratara de pasos dados en medio de la mayor discreción posible? Creo que no. Pero obviamente no le correspondía a la parte oficialista dar a conocer el resultado de ese contacto indirecto, y mucho menos de manera inexacta como se hizo.

Tampoco a la MUD, sino a los facilitadores.

Diálogos en situaciones tan complejas como las que vivimos en Venezuela no se construyen de la noche a la mañana, y menos frente a las cámaras de televisión. Ya vimos lo que pasó en Miralflores en 2014. Lo que se dio fue un torneo de discursos, o como dice Eduardo Fernández, una docena de monólogos. Esa no es la idea. No necesitamos una catarsis sino un diálogo con negociación, sin cartas bajo de la manga que hagan presuponer que el otro es susceptible de ser manipulado o engañado.

No hubo, como ya se ha informado, un contacto directo entre los representantes del gobierno, Elías Jaua, Jorge Rodríguez y Delcy Rodríguez, con los de la Mesa de la Unidad Democrática, Timoteo Zambrano, Carlos Vecchio, Luis Aquiles Moreno y Alfonso Marquina. Cada grupo se reunió por separado con los facilitadores, representados en esa ocasión por el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero.

Para que se convoque una reunión de los dos bandos con los ex mandatarios tiene que haber primero algunos acuerdos sobre los términos y condiciones con mías a que ese diálogo siquiera pueda ser formalizado.

Está claro que tampoco existe unanimidad en cada sector sobre la conveniencia de sentarse o no en una mesa de diálogo, que para hacerla funcionar necesariamente deberá transformarse en una mesa de negociación política. Los radicales de lado y lado harán todo lo posible por evitar que cristalice una iniciativa de esa naturaleza.

Eso no es ninguna novedad. La novedad es que en esta oportunidad se pueda construir una agenda que permita abordar los temas esenciales y un clima que genere confianza entre las partes y favorezca el logro de resultados concretos.

Un punto ineludible, por supuesto, es el compromiso de que los factores políticos tanto de gobierno como de oposición jueguen dentro de la constitución nacional y favorezcan la solución al conflicto con las herramientas que la Carta Magna establece para que el soberano sea quien dirima, mediante el voto, las diferencias existentes. Cada actor fijará sus condiciones para sentarse directamente a la mesa, y corresponde a los facilitadores la difícil tarea de conciliar posiciones, sin inclinarse hacia ninguno de ellos, porque de lo contrario fracasaría la tarea que se les ha asignado.

Estas reuniones pueden o no anunciarse a la opinión pública, y lo sensato, lo responsable y lo conveniente es que si se va a dar a conocer un contacto entre gobierno y oposición esto se haga de común acuerdo para evitar un uso indebido de la información sobre el encuentro. No es lo mismo ni se escribe igual un contacto indirecto a través de intermediarios que una reunión cara a cara. Lo primero fue lo que realmente ocurrió y eso tiene su lógica. Ya se han producido experiencias anteriores de contactos directos formales e informales entre la oposición y gobierno que han resultado en frustraciones y fracasos. Era tiempo de hacer las cosas de manera diferente para tratar de obtener resultados positivos. ¿Quieren realmente eso gobierno y oposición? El tiempo, una vez más, dirá lo que en verdad quiere cada quien.

Como hemos dicho en anteriores oportunidades, el diálogo no es fácil de construir, sobre todo cuando existe gran desconfianza e incluso intolerancia entre las partes, pero nada que no pueda superarse con un buen desempeño de los facilitadores. Todo depende, claro está, de la voluntad política de cada factor. No se puede jugar ni a correr la arruga ni a ganar tiempo. Es un momento de decisiones que van a determinar el curso de nuestro país.

El tamaño y la profundidad de la crisis social generada por el desabastecimiento de alimentos y medicamentos, el desaforado incremento de la inflación y el peligro real de que las micro sacudidas callejeras que hemos visto en torno a supermercados y transportes de alimentos se transformen en una incontrolable acción de calle que arrase con lo que es y lo que no es. ¿No es esto un motivo suficiente pare asumir seriamente que deben buscarse soluciones por la vía del diálogo, con la constitución como regla de juego fundamental?

Es comprensible que existan sectores reticentes al diálogo, por desconfianza y frustración. Pero los extremistas de lado y lado favorecen la confrontación porque los mueve el deseo de aniquilar al otro. Porque no toleran la idea de un país donde haya cabida a la diversidad y al debate democrático. Si nos dejamos llevar por los extremos y no intentamos una vez más hacer realidad una mesa de negociación política, estaremos renunciando al derecho que tiene la mayoría del pueblo venezolano a vivir en paz, con justicia, con una economía que funcione, con instituciones que garanticen el cumplimiento de la ley y el pleno ejercicio de los desechos contenidos en la carta magna.