Del suicidio a la renuncia ; Por Leopoldo López Gil

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marzo 18
/ 2016

Mucha agua ha pasado bajo el puente, desde aquellos días cuando Chávez descubrió un pueblo que prefería oír cantos de sirena a duras realidades de su verdadera situación. Cantos que como a los barcos perdidos nos convirtieron en autores de nuestra propia destrucción.

No puede haber un suicidio que no sea auto ejecutado. Esta realidad, expresión que un día condujo al chascarrillo, chiste de un presidente autor circunstancial del neologismo del “auto suicido”. Hoy, cuando nos acercamos al final del camino que tantas veces anunciamos llegaría, podemos pensar que los pueblos tienen capacidad de suicidio.

Un pueblo puede suicidarse por la vía de la elección, por los senderos de las hambrunas, por los resultados devastadores causados por la ineficacia de la incapacidad de sus gerifaltes.

El populismo hunde en el suelo la semilla de la desesperanza, la cual abona con la mentira y la ignorancia. Es el incapaz, mentiroso y corrupto, el verdadero apátrida, el que riega semillas de sueños importados en desmedro del suelo rico de la nación venezolana, ese piso histórico sembrado de vidas ejemplares que hoy pretende borrar del texto de la historia nacional.

Haber provocado el desabastecimiento era impensable para cualquier persona, más para quien asumiera la responsabilidad de conducir la nación por un proyecto de bienestar. Aniquilar un país desde una posición de conductor de la nación, sólo puede calificarse de suicidio.

Los venezolanos hemos recreado el original del socialismo del nuevo siglo, líderes que descubrieron en el estiércol de la historia, en los fracasos de la teoría económica más original desde que Keynes descubriera métodos para transformar la deuda fiscal en bienestar. Son los “econo gerifaltes”, la novedad del pensamiento económico, esos que engañan creyendo que pagando la deuda financiera externa y dejar sin divisas al sector productivo produciría la necesaria eutanasia para “parar de sufrir”. El fin sería la total reducción de la población. Con los pocos sobrevivientes del hampa impune lograrían un aumento en el producto per cápita.

Debo admitir que la situación es digna de análisis, merece estudiarse la causa de los errores internos que provocan reducir la población activa y trabajadora, eso jamás lo pensó el sabio Malthus.

Analizando la visión política y social convertida según expresan los entendidos en autodestrucción no es posible calificarla, sólo lo haremos asombrados ante los logros que otras afortunadas naciones han obtenido gracias a conducciones por parte de sus líderes acertadas, sensatas, lógicas y fundamentadas sobre experiencias exitosas y no asentadas en la carroña del fracaso histórico.

Las naciones exitosas aprendieron de guerras y fracasos; nosotros nos convertimos en suicidas. Muertos pero con experiencia del auto exterminio; pero como sabiamente reza el proverbio chino: “Cuando sepas qué hacer con tu experiencia, será demasiado tarde para aprovecharla”.

Hoy en el limbo en el que caímos conducidos por los cantos de sirena, recordamos aquel compatriota que en el momento de la renuncia a su investidura presidencial no dijo que se “autosuicidaba”, hizo referencia a preferir “otra muerte” y por ello, con sobrada dignidad, puso su cargo a la orden de los náufragos y arquitectos de la destrucción.

Añoramos y recordamos sus lecciones de vida y enseñanzas políticas; pero la lección no quedó clara, o no escuchamos qué hacer cuando las fuerzas del “auto suicidio” se desatan, y no queda más remedio que pensar seriamente en la renuncia que se ha convertido en desesperado grito de millones que resisten a la autodestrucción.