Cuando un pueblo quiere cambios… ; por Luis Vicente León

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abril 24
/ 2016

Siempre es un placer regresar a tus raíces y anteayer lo hice por partida doble. Primero porque tuve el honor de ser orador de orden en el Concejo Municipal de Zea, esa tierra maravillosa, vecina de mi mamá en Tovar y cuna de mi padrino, José Ramón Velasco Guerra, de quien aprendí qué es el tesón andino, cuál es la importancia del estudio, el reto a la excelencia y el trabajo como valor fundamental. Pero, además, el tema para el cual fui invitado a hablar va todavía más allá: el 19 de abril de 1810, que siempre ha sido mi fecha patria favorita.

No puedo decir que la entendí siempre desde la misma perspectiva. Al principio era, posiblemente, lo atractivo de un cuento en el cual un grupo de criollos, hijos de españoles y discriminados en su propia tierra, aprovechaba una sampablera ibérica para desconocer a un Bonaparte y usaron su supuesta lealtad a Fernando VII como excusa para provocar los cambios políticos, que de todas maneras hubieran buscado contra el Rey original. ¿Cómo no quedarse pegado en el pupitre mientras tu profesor de Historia de Venezuela te contaba cómo el Cabildo decidía desconocer al Capitán General, nombrado por la Junta Suprema de España, y nombraba a un gobierno autónomo caraqueño e invitaba a hacer lo mismo al resto de las provincias del país? ¿Cómo no fascinarse con el cuento de ese Gobernador quien, para no quedar tan mal, le preguntó a la gente si querían que siguiera gobernando y se encontró con el primer Referéndum Revocatorio “asistido”, en este caso por el dedo del Padre Madariaga que, aunque del lado correcto de la historia, inició la costumbre local de inducir los resultados? Y ahí la frase más importante de mis libros de Historia: “Si no quieren que gobierne, yo tampoco quiero mando”.

Pero la película no terminaba ahí, como si se tratara de un final feliz de película de Hollywood. Vicente Emparan picó los cabos, pero el verdadero rollo apenas comenzaba y esa nueva república duró lo que un soplido y luego le costó al país 13 años de guerra cruenta, pobreza y destrucción. Sí, pero a cambio de una lucha justa por los derechos y la libertad de Venezuela y de toda la región.

Para un niño, la historia del 19 de abril es más emocionante que la firma del Acta de Independencia o la Batalla de Carabobo. Sin embargo, transcurridos los años y puesto en momento actual, para un adulto contemporáneo hay algo más fascinante en esta historia. Y no me refiero sólo a la grandeza de un pueblo que lucha a sabiendas del riesgo gigante que corría. Es el conjunto de decisiones económicas adoptadas por los patriotas que, vistas a la luz de lo que hoy tenemos, fueron infinitamente más racionales y deberían llenarnos de orgullo por lo que fuimos y, a la vez, llenarnos de pena por lo que somos.

Aquella Junta liberó el comercio internacional, hasta ese momento controlado y monopolizado por España, lo cual (¡qué sorpresa!) generaba distorsiones, bloqueadores y bachaqueo caribeño. Aquella Junta decidió crear una Comisión Patriótica, que tomó decisiones económicas claves para el país, dirigidas al fomento de la agricultura y la industria privada como pivotes del desarrollo. Fue ese gobierno de hace 206 años el que prohibió la trata de negros y creó la Academia de Matemáticas.

Debo reconocer que si el éxito se midiera por el resultado inmediato, ese episodio sería un fracaso. Pasó mucha agua debajo de los puentes, pero su éxito real se vio años después. Eso es lo que quiero recordar y celebrar: la fuerza de un pueblo unido, la perseverancia y la madurez de sus líderes, la lucha contra el miedo y la capacidad para entender que las transiciones toman tiempo para madurar.

De eso hablamos en Zea. Pero es clave que lo entendamos a nivel nacional para abolir también la desesperanza y entender que cuando un pueblo quiere cambios, sin apuro pero sin descanso, siempre los va producir… ojalá que por las buenas.