¿Consumir o no consumir? Los campos enfrentados en la ciencia de la sal

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febrero 19
/ 2016

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda reducir el consumo de sodio que tomamos con la sal a menos de dos gramos diarios en adultos. Se reducirían así los problemas cardiovasculares asociados a la hipertensión e incluso los cánceres de estómago. Esta postura es la que se defiende de forma mayoritaria desde los estamentos médicos y también desde las revistas científicas. Una revisión que se acaba de publicar en el International Journal of Epidemiology, en la que se analizaron 269 trabajos que trataban la necesidad de aplicar medidas de reducción del consumo de sal para toda la población, observó que el 54% apoyaban esta hipótesis. Sin embargo, un 33% se mostraban en contra y un 13% presentaba resultados no concluyentes.

Los autores, investigadores de la Escuela Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia, descubrieron también en su revisión que el debate sobre la necesidad de reducir el consumo de sal está muy polarizado. Ambos campos estaban dominados por unos pocos trabajos originales, que eran citados con mucha frecuencia entre los investigadores que defendían una determinada hipótesis. Sin embargo, ambos lados tendían a referirse mucho más a los artículos que coincidían con sus conclusiones que a los que las cuestionaban.

Los que critican la reducción masiva del consumo de sal lo hacen con el argumento de que esa política no tiene en cuenta que sus beneficios tienen forma de U o de J: hasta un punto benefician, pero después acabarían perjudicando debido a los problemas asociados a una ingesta demasiado reducida de sodio. De hecho, un informe reciente del Instituto de Medicina de los Estados Unidos, dependiente de las Academias Nacionales de Ciencia, concluía que no hay evidencia científica para reducir el consumo de socio hasta unos niveles tan bajos como los recomendados por la OMS.

Los científicos, que han tratado de medir con la mayor precisión posible la polarización en este campo de la investigación médica, no quieren derribar la idea de que reducir, al menos hasta cierto punto, el consumo de sal es beneficioso para la salud. Su principal objetivo es identificar casos en los que los científicos se han atrincherado en sus posiciones con los consiguientes prejuicios para unos resultados ponderados.

En un artículo que acompaña la revisión de los investigadores de Columbia, Bruce Neal, un investigador con amplia experiencia en la materia, afirma que la conclusión del trabajo no le sorprende. “Aquellos que creen en la reducción de la sal gritan desde lo alto de una colina y los que no hacen lo mismo desde otra. Ninguno escucha ni presta suficiente atención a los que están abajo en el valle que quieren saber si le pueden echar sal a sus patatas fritas”, ejemplifica.

“Prácticamente todo el mundo coincide en que si una persona está consumiendo grandes cantidades de sal, es probable que se incremente su presión sanguínea y el riesgo de que sufra enfermedades cardiovasculares”, apunta David Johns, uno de los autores del estudio. “El reto está en que hay cierta discrepancia sobre lo que significa demasiado”, añade. “Creo que la mayor parte de los investigadores estaría de acuerdo en que hay un punto ideal en términos de consumo de sal que ofrecería una cantidad suficiente de sodio y no elevaría el riesgo de enfermedad. “Probablemente la polarización dentro del campo haga más difícil llevar a cabo el tipo de estudios que proporcionaría una respuesta clara a esa cuestión que fuese convincente para todas las partes”.

Almudena Castro, presidenta de la Sección de Riesgo Vascular y Rehabilitación Cardiaca de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), no considera especialmente revolucionarios los resultados, aunque coincide en la búsqueda de un punto ideal de sal en la dieta. “La recomendación básica sería una dieta sosa, pero sin quitar la sal del todo, porque una pequeña cantidad es necesaria”, explica. Además, respecto a la efectividad de eliminar la sal para tratar la hipertensión, recuerda que es eficaz, sin necesidad de otras medidas, para un 30% de los pacientes. El resto, además de eliminar la sal, deberán tomar fármacos contra la hipertensión.

Por último, Manuel Franco, profesor de Salud Pública en las universidades de Alcalá de Henares y Johns Hopkins, comenta que más que un trabajo que cuestione si hay una relación entre el consumo de sodio y la enfermedad cardiovascular, se trata de un estudio de la forma de trabajar de los científicos. “Parece más sociología de la ciencia, un análisis de cómo nos apoyamos unos a otros cuando tenemos las mismas ideas y nos ignoramos cuando no coincidimos”, señala. “La conclusión, supongo, es que la ciencia debería ser más abierta”, remacha.

EP