Así vive ahora Yendri Sánchez, el joven que violó la seguridad en la toma de poder de Maduro

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febrero 19
/ 2016

El viento se hace espacio por una sola ventana abierta. Hay calor. Un colchón desnudo es el mejor espacio que encuentra Yendri Jesús Sánchez González para mostrar su alma con sinceridad. Él es famoso por burlar la seguridad en no menos de 10 eventos grandes en Venezuela.

En esa casa, del barrio BJ, entrada norte de Ciudad Ojeda, Costa Oriental del Lago, sobrevive quien burló siete anillos de seguridad presidencial para sabotear la toma de posesión del actual mandatario, Nicolás Maduro. La dueña del inmueble, anónima, le da cobijo al muchacho cuya vida ha estado marcada por la pobreza, la burla, la enfermedad.

Cuando Yendri era un adolescente comenzó una competencia ingenua con su primo Juan Salas: medir fuerzas sobre quién podía colearse más en eventos masivos. Juan lo apabulló al comienzo, hasta que Yendri lo sobrepasó con creces. De sus 28 años, ya tiene 12 con sus espontaneidades.

Yendri Sánchez

Hizo su “debut” interrumpiendo a Servando y Florentino, en Caracas. Luego, se montó en la pila 21 del Puente Sobre el Lago, por siete horas, recibiendo, del gobernador de turno, 10 mil bolívares tras pedirle ayuda.

Después, abrazó a Messi en la Copa América. Y le quitó la corona a Dayana Mendoza en el Miss Venezuela, haciéndose pasar por estilista de miss Zulia.

“¡Maracucho loco! ¿Quién te paga para sabotearme?”. Le increpó Osmel Sousa, tras bastidores, virando sus ojos. En cada Miss Venezuela la seguridad tiene como prioridad detectarlo.

Por dos años consecutivos se lanzó en interiores al terreno donde las Águilas del Zulia jugaban en honor a la virgen de Chiquinquirá. Le arrebató la cadena a Chayanne en una presentación, joya que vendió en 25 mil bolívares y le sirvió para comprar un televisor “grandote” de plasma, un DVD, y una laptop, ropa, zapatos y comida. Todo se lo llevó el Sebin en un allanamiento a su rancho. “No devolvieron nada. Se robaron todo”, dice.

A Tito El Bambino se le montó en el andamio del estadio Luis Aparicio. Asustó a Hugo Chávez, Henrique Capriles y Manuel Rosales en sus cierres de campaña. Se acercó a Chávez haciéndose pasar por escolta, en un acto.

“Hablamos con él y dijo: ‘Hay que ayudar a estos muchachos’. Y lo hacía. Cuando él venía al Zulia, como sabía que podíamos burlarle la seguridad, mandaba al Sebin a nuestras casas. Nos montaban en los carros, nos sacaban a pasear, nos daban comida, nos entretenían, y a mamá le daban dos mil bolívares. Cuando los escoltas presidenciales llamaban al Sebin para decir que Chávez estaba montado en el avión para irse, los muchachos del Sebin nos regresaban al rancho (a su primo Juan Salas y a él). Era la manera que encontraron para controlarnos. Pero Maduro, no. Él fue mi pesadilla”.

Yendri Sánchez

Lo dice porque la guinda de sus espontaneidades fue cuando burló siete anillos de seguridad el pasado 19 de abril de 2013, en la toma de posesión del mandatario, ante presidentes e invitados especiales.

El hijo del albañil Tomás Sánchez —quien se separó de Celina, su mujer, cuando Yendri apenas tenía cuatro años, porque ella, esquizofrénica, tomaba mucho aguardiente y le gustaba dejar solos a sus dos hijos para jugar barajas—, se coló en semejante acto mundial. Él dice que una oración enseñada en el Sorte le dio la victoria.

“Me puse una chaqueta roja, prestada. Llegué a la Asamblea Nacional y dije que era hijo de Diosdado Cabello. Miraba a los de seguridad a los ojos y hacía la oración en mi mente. Quedaban atontados. No me pedían nada. ‘¡Adelante, camarada!’. Me sentaron al lado de María Gabriela Chávez y el Potro Álvarez. Ella me preguntó: ‘¿Y tú quien eres?’. Le dije que era hijo de Jesse Chacón. Había otros señores encopetados, con paltó, que no supe quiénes eran”.

Mientras esperaban el comienzo del acto, pasapalos “raros” servían a los presentes. Como eran comidas extrañas para él, se las comía imitando la forma como lo hacía el resto. Hubo uno, que describe, parecía una araña, con camarones encima, o algo así. No sabía cómo metérselo a la boca. “Dije: ‘No, gracias’, para no quedar en vergüenza”.

Lo que más pidió a los mesoneros fue “Nestín” (Nestea, un té frío), así le dice él. Y cuando notó que sus zapatos envejecidos dejaron de ponerse negros, necesitó agua para mojarlos, a fin de que no le delataran la pobreza encima.

Yendri Sánchez

“Me fui al baño. Jamás había visto algo así. ¡Mucho lujo! Tranqué la puerta. Me tocaron dos veces pero no abrí. Mojé los zapatos y se veían negritos, otra vez. Ensayé mi acto frente al espejo. ¡Me reía solo! Salí cuando escuché por altavoz: ‘Comienza la transmisión en cadena nacional para radio y televisión’. Le dí 15 minutos a Maduro, nada más. Y pasó lo que pasó. Yo quería lograr dos cosas: Ganarle a Juan y pedirle a Maduro ayuda para mi familia. En el interrogatorio Diosdado Cabello, fúrico, me decía: ‘¿Tú que eres, chico? ¿Un seretón?”.

Por primera vez no solo recibiría los “golpecitos” de siempre, o las tradicionales visitas al Sebin. En esta oportunidad lo metieron preso por un año y cinco meses en la Comunidad Penitenciaria de Coro enfrentando cargos por terrorismo, delincuencia organizada, asociación para delinquir y ofensa agravada a jefe de gobierno. Aislado, al comienzo, gritaba desorbitado buscando auxilio. La esquizofrenia que padece se la recrudeció en el encierro. Desvarió.

“Maduro dijo en la transmisión: ‘Voy a hablar con el muchacho. Quizá trae una necesidad. Hay que ayudarlo’.Nunca habló conmigo. Ni se me acercó después”, cuenta.

Libre, cayó preso de nuevo. Porque medios lo buscaron y él declaró su experiencia en prisión. Una orden “de arriba”, dice, lo dejó detenido, otra vez, pero en seis comisarías del Cicpc de Venezuela (Ojeda, Cabimas, San Francisco, Caja Seca, Machiques y Dabajuro). “Una jueza me dijo: ‘Tú no tienes por qué estar hablando nada, chico”.

Yendri es bipolar y esquizofrénico, aunque tenga apariencia normal. Eso lo determinaron los exámenes psiquiátricos a los que ha sido objeto. El rancho donde creció —en la carretera L callejón siete, barrio Enmanuel, de Ciudad Ojeda— fue demolido para construirle una casa ofrecida por el extinto presidente Hugo Chávez. Y aunque está levantada se inunda, porque no se la terminaron. Hay que subirla casi medio metro, no tiene electricidad, ni servicios conectados, le faltan pisos, baños, todo. Solo está lista la fachada. Inhabitable.

Por eso, Yendri, su mamá Celina, y su hermana Mariagny —quien lucha para mantener a sus cinco hijos de padres distintos, y para sobrevivir a un cáncer de matriz—, debieron huir de allí y buscar acomodo, cada uno, como pudo.

Fue entonces cuando Yendri se alojó en la casa de la amiga que le da cobijo, quien tiene la paciencia al límite: “Él es un loco. Ojalá le terminen su casa. No es fácil tenerlo aquí”.

Yendri Sánchez

Ella, anónima, le permite que duerma en uno de los dos cuartos del inmueble, apiñado con un sobrino y con los tres hijos de ella, uno casado, viviendo con su mujer en ese mismo espacio, repartidos todos en tres camas.

Yendri tiene la ropa metida en una bolsa, en un rincón, arrugada. Saca de allí una camisa, manga larga, negra, a rayas blancas, que trata de alisar con sus manos, para verse presentable. “Yo soy artista. Tengo que portarme como tal”.

Antes de salir a mostrar su casa a medio terminar, saluda a los vecinos agitando su mano como si fueran fanáticos. “Dale rápido al carro que me ven los paparazzis”. Y al llegar a su casa inhabitable dice Nélsida Vergara, vecina: “¡Mire que él está loco. Yo lo conozco desde chiquito. ¡Ahora quiere ser alcalde!”.

Su papá Tomás lo aconseja: “Quédese quieto, hijo”. Su mamá, también: “Pórtese bien. ¿Qué más le puedo decir?”.

Pero Yendri es incontrolable. Da fe de ello su expediente en las escuelas Los Samanes, Eleazar López Contreras, Víctor Capó, José María Vargas y Blas Valbuena, donde se mofaban de él, siendo un niño. “¡Copión! ¡Chuletero! ¡Loco!” Tuvo récord de citaciones.

Yendri Sánchez

Ahora está libre porque en el Cicpc Dabajuro, detenido, se lanzó sobre unas puertas de vidrio cuando iba al baño. Estaba delirando y hastiado del encierro. Se rompió parte del brazo, lo que ameritó 18 puntos de sutura. “Quería irme. Había intentado prenderle fuego al colchón. Me iba a suicidar. No me gusta estar sin libertad. Los petejotas decían: “¿Hasta cuándo va a estar ese loco aquí?” El comisario me pagó las medicinas, la costura de mi brazo, y me dio la cola para la casa. Y aquí estoy”.

Así lo soltaron. Tres sesiones de psiquiatría le pagó otro comisario. Una sola medicina para estabilizarlo cuesta Bs. 6 mil. “Yo no puedo comprar eso. No tomo nada. Tomo cervezas. Y aguanto bebida. Lo aprendí de mi mamá. Soy pobre y me dicen loco. Yo lo que digo es que, en esta vida quiero ser feliz”.

PN