¿Qué más puede pasar en Venezuela? ; Por Carolina Jaimes Branger

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abril 13
/ 2016

“Cada vez son más frecuentes las noticias de linchamientos y sicariatos. El país donde todos éramos hermanos de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol, es ahora el país de los sicarios y de los linchadores. Una tragedia más que añadir al rosario de tragedias que nos han caído.

Tanto el linchamiento como el sicariato son maneras -ambas ilegales, repudiables y abominables- de tomar la justicia en las propias manos. Y se dan en sociedades donde la justicia no funciona y los pueblos deciden tomarla en sus propias manos. Y un pueblo que decide tomarse la justicia en sus manos es una bomba de tiempo, sencillamente porque se puede ir de las manos del gobierno de turno”.

Y aquí se ha ido de las manos, como todo. No estoy de acuerdo con los linchamientos de criminales, menos aún con el de personas inocentes. Y ese riesgo ya no es que se corre. Es que pasa. El señor Fuentes Bernal era inocente y fue linchado. Quién sabe cuántos otros que han sido linchados también lo eran. Tanto el año pasado como éste, las noticias de sicariatos y linchamientos cada vez han ocupado más centímetros en las páginas rojas de nuestros diarios. A esto hay que añadirle las que no se publican. Esto debería encender las alarmas del Ministerio Público, los cuerpos policiales, el Ministerio de Justicia y el Tribunal Supremo, pero no pareciera que haya acciones concretas para mejorar las cosas, todo lo contrario, la impunidad sigue campeando.

Quienes tan irresponsablemente no hacen algo para detener estas acciones, tendrán que responder por los daños, perjuicios y amenazas que significa el permitirlas. Ojalá que no terminen ellos siendo víctimas de su propia desidia, de su negligencia, de su desinterés.

Si Roberto Josué Fuentes Bernal no se hubiera detenido a ayudar a un señor que habían robado segundos antes, tal vez estaría vivo. Pero su generosidad lo llevó a la muerte: los transeúntes de la Avenida Francisco de Miranda en Los Ruices lo confundieron con el asaltante, y sin que mediara comprobación de identidad, le cayeron a golpes, le destrozaron la cabeza, lo rociaron con gasolina y lo quemaron. Nadie se detuvo ante los gritos que suplicaban clemencia, ni por su explicación de que era inocente. Las turbas son ciegas, sordas, mudas y salvajes. La única que salió en su ayuda fue la dueña de un quiosco cercano que apagó el fuego, pero el daño ya estaba hecho.

Roberto Fuentes Bernal era cocinero, no delincuente. Reseñó El Universal que él mismo contó lo que le había pasado cuando llegó al Hospital de El Llanito con quemaduras de segundo grado en el 70% de su cuerpo y fracturas en la cabeza. Un sufrimiento dantesco. Más tarde fue trasladado al Hospital Pérez Carreño, donde falleció de un paro respiratorio.

Los autores materiales del hecho tienen nombre y apellido y por el video pueden ser identificados. Pero los responsables del hecho también tienen nombre y apellido y pueden de igual manera ser identificados: son los fiscales, jueces y funcionarios de los cuerpos de seguridad del Estado que no cumplen con su deber.

Lo peor es que un horror como éste pasó por debajo de la mesa. Nos estamos acostumbrando a que sucedan las cosas más espantosas. No sólo el gobierno, nosotros también. Estamos entrando en la anomia, ese conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación, lo peor que puede pasarle a una sociedad. No puedo, tal vez porque no quiero, imaginarme qué más puede pasar en Venezuela que no haya pasado ya. Siento un escalofrío que me recorre el espinazo. Espero que los causantes de esta tragedia paguen por sus culpas. Y aspiro que los venezolanos de bien algún día podamos volver vivir en paz.